19 dic. 2011

Efímero

Los días de otoño, efímeros como el primer beso, como un eclipse de sol, pasan sin que pueda saborearlos hasta quedar plena y satisfecha, pasan y no se recuperan, adiós para siempre.

Todas las mañanas, abro los ojos y observo los haces de la luz del amanecer que atraviesan la persiana resbalando por el espejo de mi armario.  Bostezo, e inmóvil aprovecho el calor de la noche, la paz del sueño, la soledad de una cama vacía... cuántos sentimientos y con qué rapidez he de hacerlos propios antes de que se desvanezcan, antes de que me levante y se pierdan entre las sábanas, junto aquel pensamiento que ayer amenazaba con quitarme el sueño, y que hoy ya no se vendrá conmigo, porque yo elijo qué entra y sale de mi cabeza y hace una mañana demasiado bonita...

El alba, sin prisa pero sin pausa... el Sol... a cada segundo inunda mi habitación con más intensidad, como en un atraco, acorralada, no puedo escapar, y me deslumbra mientras tomo el café en una taza sin dueño. No puedo evitar abrir la ventana y respirar hondo con los ojos cerrados, aire fresco del mar invade mis pulmones, mi aliento sale despedido de mis labios en forma de vaho y un escalofrío recorre mi espalda de norte a sur, la carne de gallina... a prisa cierro y sigo tomando mi café humeante mientras lo agarro con fuerza entre las manos, se hace tarde.

Otra mañana más, las calles sin "montar", y yo las piso con cuidado, no querría tropezar...

Han sido unos meses profundamente excitantes. Tras varias semanas después de acabar las prácticas clínicas en el hospital, empiezo a asimilarlo todo... 

Nada podrás estudiar, nada podrán contarte que te haga comprender cuál es la condición del ser humano en su estado más vulnerable si no lo has vivido. Nada. 

El ser humano enferma, como cualquier ser vivo, porque así lo quiere la naturaleza y así debe ser. El organismo evoluciona e involuciona, es tan cíclico como el amanecer que me deslumbra cada día y el atardecer que me obliga a abrigarme cuando el Sol me abandona. La enfermedad como parte de la vida... parece obvio pensar que la única condición que todo ser debe cumplir para padecer es "ser", pero aceptarlo  y apreciarlo es otro asunto bien diferente, ¿verdad?

Ver al rico o al pobre, al necio o al culto, en la única situación en la que la "humillación" está asimilada y  se tolera, cuando hay que desvestirse en un lugar desprovisto de todo aquello que nos una a nuestro mundo, un lugar siniestro donde es sabido que "las personas dejan de ser personas para ser pacientes" y sintiendo el frío metal de un fonendoscopio en el pecho, el frío en el alma, preguntándose sin cesar el porqué. Ahí el ser humano está en igualdad de condiciones  y el porqué es porque tiene vida. De nada sirve el poder adquisitivo, de nada sirve el intelecto.

La salud es efímera y la enfermedad categóricamente natural y en nuestra mano está aprender de ella a afrontar la vida como venga, sin más vacilaciones, sin titubeos, sin oscilación, superar los miedos y aprovechar el momento, con las peculiaridades de cada circunstancia, adaptarse, como llevamos haciendo millones de años y respirar hondo...

20 nov. 2011

Un domingo electoral, como otro cualquiera

Acabo de llegar a mi piso. He ordenado mi ropa en el armario. Estoy cansada, así que me envuelvo en una manta y me siento en mi sillón a escribir. Mientras escucho a Madeleine Peyroux y veo cómo la tenue luz de las velas que encendí al llegar se proyecta en la pared y me enseña el baile tímido y armónico de la llama que se consume, medito.

El día es gris y puedo sentir la fría brisa del mar sólo con mirar por la ventana. Hoy Cádiz es incómoda, los coches atascan la gran avenida y las bocinas, que se oyen desde mi calle, me recuerdan las pocas horas que faltan ya para que sea lunes y que, igual que cada mañana, el tráfico inunde, como un tsunami, las calles de esta ciudad. Las gotas de lluvia chocan contra el cristal de mi ventana y mueren en el acto, son como kamikaces que se secan con el viento, efímeras...

Hoy es un domingo cualquiera... pero nos empeñamos en pensar que algo lo hará diferente. Nos hemos cansado de estar en la misma posición. Es como si de estar tanto tiempo sentados con las piernas cruzadas, una encima de la otra, se nos hubiera dormido una de ellas y necesariamente quisiésemos cambiar de postura para aliviar el malestar que nos ha producido estar tanto tiempo con la misma. Curiosamente cuando pase un tiempo volveremos a sentir lo mismo de la nueva...

No creo que hoy cambie nada. Seguiremos teniendo las mismas inquietudes y problemas y seguirá habiendo  gente que no tenga ya nada que perder...

2 sept. 2011

¡Vuela!

Mi pensamiento vuela libre, sosegado, sin miedo a extinguirse.

Pero cuando se le prohíbe volar, mi mente se transforma en una rapaz rabiosa por encontrar una presa, hábil y fuerte. Entonces provoca una gran tormenta y, furiosa, intenta salir de su celda con rabia y gran majestuosidad... 

... Es entonces, cuando está retenida, cuando quiere volar con ansia... es entonces cuando las mejores ideas llegan como un gran regalo.

29 jul. 2011

Paseos nocturnos y rincones jerezanos

La suave brisa fresca de la madrugada veraniega me hace cerrar los ojos y respirar hondo. Huele a cloro, a "aftersun", al silencio nocturno quebrado por niños jugando entre semana, a césped recién regado y a grillos sonando...

Solía pasear de noche por las estrechas calles del pueblo de mis padres, en Córdoba, cuando era una niña. Allí la calma y el sosiego eran, a veces, siniestros acompañantes en los callejones oscuros y más apartados del centro. Mis primos, mi hermano, mi tía y yo salíamos a la aventura cada madrugada con nuestras linternas y recorríamos medio pueblo, con sus calles empinadas y su cielo estrellado, mientras contábamos historias de miedo...

El buen recuerdo que guardo de todo aquello me tienta cada atardecer de este maravilloso verano y no me resisto, salgo a pasear.

Quiero perderme, decidir qué calle tomar justo cuando llegue al cruce y no pensar, tan solo dejarme llevar por el instinto. Así he recorrido Jerez estos últimos días y mi asombro crece exponencialmente cuando me doy cuenta de que vivo rodeada de callejones tortuosos, con a penas un farol que ilumina débilmente el camino y todo en completo silencio.

¿Dónde estoy?

Llegar a una plazoleta en la que una niña juega con su cachorro, admirar el estilo de la iglesia que le da nombre a ese rincón olvidado, encontrar a un pobre gato color ladrillo vagando por la calle y que se una a mi aventura, ver las casas abiertas y las ancianas en la puerta, mirar con miedo a través de los grandes ventanales jerezanos con los cristales rotos de casas centenarias que atrás dejaron sus días de gloria, subir la mirada unos segundos y encontrar sin quererlo la catedral a lo lejos iluminada, entender paulatinamente en qué punto me encuentro al llegar a un lugar que me resulte familiar...

Es muy satisfactorio saber que queda mucho de pueblo aquí y más aún encontrar esos rincones tan pintorescos y, a veces perdidos, por casualidad cuando camino sin rumbo.

9 jul. 2011

Woody Allen

Hace tiempo que comencé a interesarme por los trabajos de Allen. Para ser totalmente sincera, he de decir que nunca me atrajo su cine y mucho menos los personajes que él interpretaba, todos tan lunáticos, inseguros, excéntricos, neuróticos... me transmitían siempre la misma sensación, en todas y cada una de sus películas. 

Un día no muy lejano decidí, por curiosidad, ver uno de sus largometrajes, Annie Hall. A partir de ahí dejé de rechazar cualquier plan en el que se me brindara la oportunidad de ver algo suyo. Tras varias experiencias delante de la pequeña pantalla, admití mi derrota. Decidí ir a ver al cine "Midnight in Paris" y aquí, comienza mi pequeña reflexión:

Midnight in Paris es el perfecto equilibrio entre fotografía, música y guión. Me gustó cada instante, cada escena, quizás también porque adoro la capital francesa y el film es 100% parisino. Lo bueno de las películas de Woody Allen es que la historia, puede ser verdaderamente cercana a tu experiencia, aunque narrada con un toque de humor ácido, incluso desde el absurdo, exagerada.

El protagonista de Midnight in Paris tenía una inquietud que yo comparto. La idea de que cualquier tiempo pasado fue mejor, a mí me trae de cabeza. Siempre pensé que debería haber nacido hace 70-60 años, cuando surgieron los personajes que hoy son una leyenda, un icono, una idea, desde escritores, directores de cine y actores, hasta pintores, fotógrafos, músicos y científicos... Todos a los que verdaderamente admiro, fueron contemporáneos de mis abuelos y bisabuelos. Sin embargo el presente me parece tan aburrido, tan tecnológico, tan poco romántico, que lo detesto a veces. En cuántas ocasiones me habré imaginado en EE.UU hace 50 años, en una manifestación hippie, o en París, sentada en un café, oyendo buena música, en la época en la que escribir cartas era, además de la única forma de comunicación a distancia, el método más íntimo y cuidado.

Nuestro presente es imperfecto. Todos los presentes lo son, según Woody Allen. Le doy la razón. Después de recapacitar me he dado cuenta de que si a mí me gustaría vivir en los años veinte parisinos porque mi presente me parece vacío, a una persona que naciera en esa misma década podría resultarle igual de aburrida que a mí la mía y desear pertenecer a otra época pasada de la que admirase algo en concreto, como yo admiro la música o a los artistas de aquellos años. Porque, quizás solamente uno de los quince artistas que hoy son reconocidos como los padres del impresionismo o del surrealismo, entonces disfrutaban de su fama, los demás no eran más que excéntricos solitarios, a veces seguidos por una minoría que los admiraba. Puede que si yo me trasladara al pasado, tras un periodo de tiempo me pareciera vulgar todo lo que antes me era idílico. Al fin y al cabo, ser contemporáneo de Degas, Toulouse-Lautrec, Gouguin... a nadie le supuso una experiencia extraordinaria. Porque algo positivo que tiene el paso del tiempo es que se valora a las personas con perspectiva. Cuando Toulouse-Lautrec estaba en el Moulin Rouge haciendo los bocetos que se convertirían en obras maestras (cuyo valor hoy es incalculable), no era un personaje universal, era un artista más.

¿Ello quiere decir que habrá personas dentro de 50 años que deseen vivir las circunstancias que me han tocado vivir a mí? Seguramente sí, cuando cuente a mis nietos que oí en directo a Bob Dylan, que los Rolling Stones seguían celebrando conciertos cuando tenía veinte años, que viví el 15-M y una de las crisis económicas más duras que han existido, que me manifesté contra la guerra, que ví por la tele el funeral de Michael Jackson o el de Pavarotti, que ví a Antonio Gala, que leí a Saramago cuando aún vivía, que hubo dos grandes tsumais y una alerta de catástrofe nuclear... que me acabó gustando Woody Allen con una de sus ¿últimas? películas...

16 jun. 2011

¿Los sueños, sueños son?

Soñar continúa hoy siendo un misterio, un terreno desconocido, lejano y recóndito, una "experiencia" que nos traslada a lugares imaginarios en los que nuestra realidad se exagera y se crea un mundo análogo en el que disfrutamos del libre albedrío y podemos tomar decisiones sin que nada ni nadie nos influya. Es nuestro mundo. En nuestros sueños todo está permitido, incluso lo que no sabemos que puede existir (seres extraños, lugares imposibles, situaciones políticamente incorrectas...) En el sueño se pueden manifestar deseos ocultos, y al despertarnos, una vez conscientes y con buen juicio, si hemos conseguido recordar, es posible que nuestra moral se comprometa y pasemos un día intentando descubrir qué ha sido lo que nos ha hecho tener que soñar algo que está tan lejos de la realidad y de todo lo que sentimos.

¿Pero y si lo que soñamos es lo que somos y nada más? Es decir, si nuestro cerebro cuando dormimos (en concreto la fase REM, en la que tiene lugar la actividad onírica) se libera de las influencias que ejercen sobre nosotros la sociedad y la moral que nosotros mismos nos imponemos, solamente nos queda un pensamiento primitivo asociado a un contexto, nuestra vida, nuestra realidad. ¿Podemos estar viviendo al soñar, todo aquello que haríamos si no fuésemos conscientes de que existen unas "reglas"? Si lo único que le queda a nuestro subconsciente (nuestro cerebro parcialmente desconectado de aquellas áreas que nos hacen razonar y actuar moderadamente) es un fino hilo que lo une a los recuerdos sobre nuestro día a día, entonces soñar sería nuestra vía de escape para poder sentir, hacer y decir todo aquello que nuestra ética no nos permite hacer cuando estamos despiertos.

Puede que la educación, cultura, sociedad, historia... estén anulando nuestra percepción de la vida y que nos estemos convirtiendo en seres reprimidos cuya única escapatoria sea soñar. 

Quizás debamos pensar que es al abrir los ojos cada mañana cuando empezamos a vivir una ilusión. Puede que soñando sea la única ocasión en la que somos nosotros mismos... y eso da tanto miedo...

" (...)

¿Qué es la vida? Un frenesí.
¿Qué es la vida? Una ilusión,
una sombra, una ficción,
y el mayor bien es pequeño:
que toda la vida es sueño,
y los sueños, sueños son."
 


Calderón de la Barca.



28 may. 2011

Un día en soledad

Admito que la música es uno de mis mayores placeres y que hablar, una de mis perdiciones, pero creo que no existe nada equiparable a sentir el silencio rodeándote. Me gusta pensar que solamente en esos momentos de paz y tranquilidad abrimos la mente y mantenemos largas y plácidas conversaciones con nosotros mismos.

Hoy llevo todo el día sola. Casi nunca ocurre y menos ahora, ya que es época de exámenes y solemos estar siempre en el piso atados a la silla y con los codos en la mesa. También suelen dejarse caer por aquí mis padres los fines de semana, amigos... lo típico. Pero hoy no, hoy estoy perdida en mí misma, mirando a un libro de letra minúscula, leyendo sin leer, solamente deslizando la vista palabra por palabra, hasta que una chispa salta en mi cabeza y comienzo a divagar sobre las muchísimas cosas que deambulan por mi mente, sin rumbo. 

"Pero qué día tan maravilloso hace, ¿le habrán dado ya a los niños las notas? ¿tendrán ya vacaciones?, seguro que la playa está atestada de gente, y yo aquí sudando mientras intento comprender lo que leo, o al menos, mientras debería intentarlo

Menuda nube, y qué rápido va, debe hacer muchísimo viento, no me extraña, esto es Cádiz. Bueno, si hace tanto viento, seguramente la playa no esté tan llena, aunque los bares del paseo tienen que estar hasta arriba. ¡Vaya, una mosca!¿cómo habrá entrado?"

Cuando tenemos la certeza de estar solos y de que no nos va a sorprender nadie, ni nadie nos va a interrumpir, somos especialmente graciosos. Nos ensimismamos mirándonos un lunar, nos lo rascamos, hasta que nos descubrimos un padrastro, nos lo intentamos quitar, y en el proceso, ponemos caras raras, de esfuerzo, si se nos resiste, nos enfadamos, incluso lo maldecimos en nuestro interior. A veces canturreo algo y cuando me quiero dar cuenta tengo el puño cerrado justo delante de mi boca, como si agarrase un micro, poniéndole sentimiento, todo muy exagerado... 

Podemos pasarnos muchísimo tiempo en silencio, realizando cualquier tarea y sin decir una palabra, solamente pensando en ellas, charlando continuamente sin que se oiga nada.

La soledad también es importante, de hecho, pienso que a veces es necesaria, aunque en pequeñas dosis. Todavía hoy no he hablado con nadie y tengo la necesidad de decir algo en voz alta, porque, aunque resulte  absurdo, siento el impulso de comprobar que tengo voz.

Escuchar mi respiración, mirar al infinito... pero esperar que alguien entre por la puerta antes de que me vuelva loca...

12 abr. 2011

Lección nº 1: Comprensión oral

Las reflexiones sobre ciertos temas ya están muy quemadas: Todo el mundo sabe que hablar con alguien, muchas veces es la mejor forma de quedarse a gusto, de desahogarse. Sin embargo no dejo de preguntarme hasta qué punto, el hecho de que nos escuchen, es determinante para nuestra salud (¡ojo!: tanto emocional como física, ya que ambas están íntimamente relacionadas).

Nos encontramos en una época complicada. Hemos pasado de la abundancia y el derroche a la escasez y la austeridad en menos que canta un gallo, y eso repercute en nuestra salud mental. En tiempos de crisis la ansiedad (concepto que veo completamente erróneo, ya que tener ansiedad es sentir inquietud por algo, el término adecuado, pues, sería la angustia, que podría derivar en histeria), es la respuesta lógica ante la adversidad. El ejemplo más claro y evidente de adversidad (y el que más desesperación genera) hoy, es el desempleo

Suelo analizar el comportamiento de las personas con respecto a algunas circunstancias, me resulta interesante observar a la gente, captar la esencia de sus sentimientos, intentar comprenderlos, buscarles sentido... 

La profesión que elegí la elegí, por encima de todo, por pura moral. Mi razonamiento fue siempre el mismo: "soy una privilegiada, voy a devolverle el favor al mundo ayudando a los demás". Hasta hace dos semanas no sabía que lo de "ayudar a los demás" sería tan literal, porque el buen médico no solamente sana cuando puede, sino que (y aquí viene el "quiz" de la cuestión) escucha al que está sentado frente a él como si de un hijo se tratase, con la misma empatía, con el mismo interés. Hace dos semanas que empecé a hacer mis prácticas clínicas en un centro de salud y ha sido una de las experiencias más enriquecedoras de toda mi vida, no solo me he sentido un "poquito más médico", sino que me he dado cuenta de que el médico que escucha atentamente, cura en un 80% a su paciente.

Todos hemos pasado alguna vez por una situación difícil y todos hemos sentido la necesidad de compartirlo con alguien. Si no se tiene a nadie, se busca. Siempre recordaré a una señora mayor que esperaba el autobús conmigo. Comenzó preguntándome la hora y acabó hablándome de sus hijos, a lo que se dedicaba cada uno, cuántos nietos tenía, cómo eran, cuánto la visitaban, cómo se sentía ella... me contó muchas cosas... Si yo le hubiese dicho la hora sin mirarle a la cara y con voz seria, posiblemente aquella mujer habría seguido en silencio, hubiese entrado  en el autobús sola y seguiría mirando a través de la ventanilla sola, pensando en sus cosas. Pero le dije la hora con una sonrisa y solamente hizo falta eso para que ella misma creara un lazo de confianza y afecto con una desconocida (por necesidad). Yo agradecí que me contase todas esas historias que me hicieron pasar un buen rato y ella me agradeció, seguro, que me prestara a hacerlo.

Después te das cuenta cuando entra alguien en la consulta (sea joven o mayor), quejándose, con mil dolores, sin ganas de nada (como dicen los ancianitos, por los que por cierto, siento debilidad) de que, quizás cinco minutos no (lo impuesto por el Ministerio de Sanidad al que aprovecho para dar las gracias por su comprensión y su lógica aplastante, se nota que el que está arriba es político y no profesional de la salud, no digo más...), pero sí diez escuchando son suficientes para que una persona salga de la consulta sin dolor, o al menos, mucho más aliviada.

Una mente triste es lo más perjudicial del mundo. Cuando ésta se trata, el cuerpo mejora. Aparentemente, parece una reflexión poco profunda... pero antes de emitir un juicio final... debería ponerse en práctica el tratamiento de la "comprensión oral".

14 feb. 2011

Un mal día

Un día te levantas con el pie izquierdo. No nos damos cuenta, quizás si lo supiésemos le haríamos el gran favor al mundo de seguir durmiendo en vez de lavarnos la cara y echarnos a la calle, qué le vamos a hacer.

No se le dan más vueltas, algo va mal y no podemos arreglarlo, el día que se tuerce, se tuerce desde bien temprano hasta que nos dormimos, "mañana Dios dirá". 

Nos dan malas noticias, nos salen las cosas mal, nos manchamos con las lentejas, nos deja de pintar el bolígrafo, nos entra una pestaña en el ojo, nos sale un grano en la frente, nos equivocamos de hora, nos llueve, se nos rompe el paraguas, nos sigue lloviendo, nos salpican los coches al pasar, sigue lloviendo...

Es como si alguien quisiera advertirte de que tu karma está en números rojos. Siento que me parezco al tonto de la película al que le gastan todas las bromas pesadas. Ser el espectador es divertido...desde el sillón... para ver cómo empeora la situación paulatinamente y reírte a carcajadas señalando con el dedo, pero cuando se ve desde abajo no hace ninguna gracia...

Habrá que aguantar el chaparrón.

Por cierto, felíz San Corte Inglés.

27 ene. 2011

Que llueva, que llueva...


Nunca bajo la persiana, jamás. Reconozco que en un principio lo hacía por no permanecer en la más absoluta oscuridad antes de dormir, me hacía sentir algo desnuda, desprotegida. Sin embargo pronto cambió esa idea, me acostumbré a despertar por culpa de esos pequeños rayos de sol que atravesaban tímida y paulatinamente el cristal.


Hoy he amanecido viendo de nuevo cómo se iluminaba mi habitación. Un color amarillento, que cada vez era más brillante, como si quisiera escaparse de entre mis sinuosas cortinas, me deslumbraba. Me he levantado de la cama con la sensación de haber despertado del más puro letargo, no podía ser que tras varios días de plena penumbra en el cielo, apareciera un vulgar jueves esa claridad.

Después de preparar un buen desayuno y de ver un rato cómo se peleaban varios politicuchos en la tele, (gran novedad, ¿no?), decidí ponerme en marcha. Hoy no he ido a clase, sí, me declaro culpable.

Como todo el mundo sabrá, una muerte es tan perturbadora como triste. A mí me da por cuestionarme nuestra existencia. Empiezo desde abajo, por mí: "A ver para qué narices hace falta que yo exista si el mundo cuando yo me vaya va a ser igual que cuando llegué, una masa esférica llena de agua y tres o cuatro trozos desperdigados de tierra con mucha gente yendo a su rollo (simplificando mucho, mucho).

Se está nublando, al final va a ser cierto lo que predecía el señor de El Tiempo.

Tras un sinfín de ideas melancólicas y melodramáticas vuelvo en mí al recordar que un día parecido al de hoy, una persona excelente me dijo "somos las piezas de un engranaje infinito", aquello me curó el corazón. Dejé de buscarle el sentido a la vida. Estamos aquí porque sí, llámalo casualidad, llámalo Dios, llámalo "x". Formamos parte de algo inmenso, algo tan grande que nos hace minúsculos, pero no menos útiles. Creo que nuestro objetivo en la vida es, simple y llanamente, influir en los demás. Somos como pequeñas gotitas de aceite que cuando se rozan, se hacen más grandes.

Y sin más, empieza a llover. No lo pienso dos veces, abro la ventana. Mientras oigo como llueve y huelo a mojado me siento satisfecha, me apetecía la lluvia... ella es la que se lleva lo malo, lo triste, lo difícil, y deja el suelo brillante, la hierba aún más verde, el viento fresco... ella da paso a la calma, a los cielos limpios... cierro los ojos. Estamos aquí, pues vamos a aprovecharlo.

En memoria de Ana María Navarro Arévalo. Ella nos influyó.

19 ene. 2011

Rutina, Invalidez, Estupefacción.

Después de permanecer en mi casa (en Jerez) durante el fin de semana pasado, el domingo me tocó volver a mi piso de estudiantes en Cádiz. Siempre me da pena dejar mi habitación sola, mi armario vacío y mi persiana bajada, pero el domingo fue más triste que de costumbre porque hacía un día fantástico y sabía que si volvía a Cádiz no podría ir a la playa y dar el típico paseo por la orilla (ese que me invade de positivismo y enegía), ya que debía quedarme estudiando.

Cuando llego a mi piso lo primero que hago es deshacer la maleta. Ordeno meticulosamente cada prenda de ropa en el armario. Después mis apuntes, cada materia en un cajón diferente, cada libro en la estanería de mayor a menor grosor y altura. Limpio mi baño a fondo, recoloco cada bote de gel, crema y champú si hace falta. Quito las sábanas y pongo una lavadora de ropa clara. Aspiro, friego o limpio el polvo (según lo que me toque esa semana, ya que nos turnamos mis compañeros y yo). Llamo a mis padres para darles las buenas noches. Después de finalizar con mi pequeño ritual, queda la recompensa: una ducha caliente con velas e incienso. Uso mi esponja preferida (me encantan las esponjas y su espuma), mi champú preferido, que huele a campo y a las rocas por las que fluyen los pequeños riachuelos, a flores silvestres...

Suelo prepararme la cena después de la ducha, pero el domingo pasado decidí dejar lista la ensalada de canónigos con manzana, piñones y palitos de cangrejo para cuando acabase de secarme el pelo. Por cierto, la ensalada no era demasiado elaborada, suena mejor de lo que fue, lo que pasa es que me relaja cocinar y suelo inventarme recetas para ver qué pasa (¡estaba buena!).

¿Por dónde iba? Ah, sí, la ducha. Bien, me disponía a enjabonarme el pelo con mi champú preferido cuando sin más me dio un tirón en la espalda, tan fuerte que me quedé inmovilizada de cintura para arriba. No sé si atribuírselo al estrés que sufro por la cercanía a los exámenes o a mi última clase de pilates. Fuera cual fuese la razón, lo cierto es que me quedé inválida. Debido a mi falta de vigor para levantar los brazos más allá de los hombros, decidí calmarme y salir de la ducha medio enjuagada. Como pude me sequé.

Desde entonces solo fui a peor, tanto que mi madre me recogió del piso de Cádiz y me llevó a urgencias. Allí me atendió un médico de origen sudamericano, con un acentito muy gracioso pero con muy mala uva (prefiero pensar que se debía a una larga guardia). Ya que estamos dando en Historia de la Medicina la relación médico-paciente, me pareció interesante observar detenidamente su comportamiento y comparar la teoría con la práctica. Me sentí decepcionada cuando después de comunicarle de forma clara y precisa lo que me había ocurrido y dónde y cómo me dolía, no fue capaz de retirar la vista de la pantalla del ordenador. No acabó ahí mi frustración. Todavía tuve que soportar que no me quitase ni el jersey para explorarme, que no me dijera qué me pasaba y que ni se levantara para despedirnos a mi madre y a mí, todo ello por supuesto sin levantar la mirada del ordenador. Esperé en la sala de espera unos minutos y me llamaron para ponerme una inyección de un relajante muscular muy potente. Fue tal la desilusión que salí indignada (y con un dolor fortísimo en el culete).

Volví a casa. Parece que mis deseos de quedarme en Jerez unos días más para disfrutar del sol que entra por la ventana de mi habitación, se hicieron realidad, aunque no de la forma más apropiada. Llevo sentada en el sofá desde entonces, perdiendo clase y estudiando solamente cuando el dolor de cabeza y de espalda me lo permiten.

Hoy hace un día precioso y sigo sin poder disfrutar de él porque en vez de estar estudiando en mi "zulo" de Cádiz, estoy enferma en mi "palacio" de Jerez. Tras darle las quejas a mi madre, sin decir nada ha abierto las ventanas del salón, ha cogido el sillón y lo ha colocado de cara al balcón (una ventana gaditana ,con rejas que sobresalen hacia fuera), y me ha dicho: "anda, ponte al sol un rato". Y aquí estoy, frente al Mamelón, viendo a la gente pequeñita caminar con prisa, las nubes cambiando de forma, el olor a lavanda que desprenden sus flores desde una gran maceta que hay en el suelo del balcón. En ellas se posan insectos voladores de color verde chillón. Y mi preferido, el sonido de los árboles, los jilgueros cantando. Fijarme en ese pequeño rincón lleno de vida, luz, olor y sonido es tan agradable que me ha dejado pasmada, estupefacta.

9 ene. 2011

Redes Sociales y Otros Vicios

La comunicación tan extraordinaria que existe en nuestros días, hace cosa de un siglo o dos, solamente podía ocurrírsele a una mente privilegiada como por ejemplo, la de Julio Verne que ya pudo adelantar en forma de novela de aventuras (hoy muy realista) los viajes al centro de la Tierra o durante veinte mil leguas por debajo de la superficie marina.

Fantasía que hoy nos desborda de realismo: la telefonía móvil, las pantallas táctiles, sonido mp3, blu-ray, Internet (mensajería instantánea, videoconferencias y, por supuesto, las redes sociales). A veces más que sernos útil nos vigila tan de cerca que nos ahoga. Soy de las que piensa que tanta comunicación sobra, que nos tenemos tan cerca que nunca sentimos añoranza, si me aburro entro en el tuenti, en el facebook, twitter, hi5, myspace, messenger... (podría seguir), miro unas veinte fotos de la prima del que conocí la otra noche que es amigo de mi compañero de clase y así me entretengo durante media hora, observando a personas que no he visto en mi vida, juzgando cómo posan, cómo se visten, cómo se lo pasan, lo feos que me parecen, qué y cuándo hacen lo que sea. Cuando termino, siempre puedo enviarle a fulanito un mensaje instantáneo sobre lo que acabo de ver y también aprovecho para contarle cualquier cosa que se me pase por la cabeza, sea útil o no. A pesar de vernos todos los días varias horas, es más fácil contactar con el que esa a través de tuenti. En persona me cuesta abrirme, así que mi teclado y mis dedos se abren por mí.

Es curioso, cuanto más usen una red social para comunicarse dos personas que se ven a diario, menos hablan entre ellas cuando se ven cara a cara. ¿Se agotan los temas de conversación? ¿Ya se ha dicho todo? ¿Se pierde la ilusión? ¿Todas son correctas?

Hace poco leí que los datos que se le facilitan a un sitio web (nombre, apellido, provincia, correo electrónico, incluso imágenes propias o ajenas) perduran en el espacio internauta durante treinta años. Ello quiere decir que a la imagen que usé en tiempos lejanos para mi "principal" en tuenti hace dos años, todavía le quedan casi tres décadas para extinguirse. La infomación que dí entonces es huérfana y no hay forma de recuperarla y luchar porque no se difunda, es propiedad de tuenti...

El atractivo que tiene una red social es claro: entretiene observar la vida de los demás (más si no se tiene vida propia), engrandece criticar la imagen de alguien (lo cual, paradógicamente, no te hace más grande), pero mejor es poder presumir de lo bien que me lo paso y lo felíz que soy como si de un escaparate se tratase, es apasionante observar cómo cada vez ponen más y más publicidad en las páginas de las redes sociales, especialmente las más infantiles (tuenti)... en fin... ¡es enriquecedor!

Las redes sociales se convierten en un vicio, son adictivas. Estás atendiendo como buenamente puedes al señor que da la clase. Estás soñoliento, aburrido, cansado... y sin más, suena la melodía del chat de tuenti en mitad de la clase. Lógicamente el profesor no se da cuenta, el resto del aula sí. Es ahí cuando me pregunto si pensar que ir a clase a las ocho de la mañana (que implica despertarse a las seis y media) para conectarse al tuenti en vez de atender es, francamente, una gilipollez, es o no, solo cosa mía. La cantidad de personas inteligentes que conozco que usan las redes sociales, dicen que es muy útil como medio de comunicación con las personas más lejanas que no pueden localizar de otra forma... Hoy quiero dejar bien claro que yo también tengo vida social, que no tengo ni tuenti, ni facebook, ni nada que se le parezca a parte de este medio por el que escribo, y que me comunico total, rápida y claramente con quien quiero, sea cercano o lejano. El correo postal, el electrónico, el teléfono... Yes, We Can.

Otro vicio es el tabaco, por fin "prohibido" en España. Nunca entenderé qué ve la gente joven en fumarse un cigarrillo. Quizás sea el subidón de adrenalina cuando se le da la primera calada a sabiendas de que es malo. A escondidas todo sabe mejor, pero el humo, siempre será humo, el mismo que sale de las chimeneas indrustriales, el mismo que expulsan los tubos de escape, el mismo que huye de las llamas en una hoguera...

La necesidad de encender un pitillo para darle una calada y sentir cómo baja el humo por la tráquea o de entrar en facebook para ver cuántas peticiones de amistad se tienen ese día como si de una competición se tratase, tiene el mismo nombre: Vicio. El vicio es un hábito perjucicial y cualquier costumbre que se convierta en adicción, elimina por completo cualquier atisbo de libertad. Sin libertad, no se tiene elección.