18 abr. 2013

El tren de la melancolía

Faltaban a penas diez minutos para que saliera el tren. Nos sentamos en esa mesa solitaria de la cafetería, sobre la que hiciste una broma de la que sólo nosotros nos reímos. Fuera, el bochornoso calor, que llegó sin avisar, y nos animó a tomarnos un café con hielo.

Cuando el café ya me había poseído y los efectos comenzaban a aparecer insidiosamente en mi cuerpo, ya me encontraba sentada en el tren, cada vez más lejos de ti. Allí encontré, entre la multitud, un asiento frente a la ventana, donde daban los rayos de sol. El vagón iba abarrotado, pero la gente no me importaba nada. Yo iba pensando en mis cosas. Tranquilamente.

Qué día más extraño, aunque no sabría decir muy bien por qué. Ahora estoy tumbada en la cama. Han pasado horas desde que bajé del tren, pero aún conservo los efectos del viaje, y también de aquel café.

Los trenes siempre me han provocado melancolía. Primero miro por la ventana y observo cómo el paisaje pasa y cambia rápida y constantemente, pero al final siempre acabo fijando la mirada en el infinito, pensando en lo efímera que es la vida y lo velozmente que ocurre todo. El tren es un lugar novelesco, cargado de dramatismo, donde dos perfectos desconocidos pueden entablar una conversación acerca de casi cualquier cosa: tal vez coincidir, tal vez no; tal vez quedar impresionados, tal vez no; tal vez volverse a ver, tal vez no... 

El tren es un lugar lleno de humanidad. Me encanta observar a la gente cuando no saben que los están mirando. Hay parejas que discuten entre dientes, para no llamar la atención de los demás, otras parejas, en cambio, se acomodan en el regazo del otro o se dan la mano y no hablan, como si estuviera ya todo dicho y ninguna palabra hiciera falta. Hay abuelas que riñen a sus nietos y nietos que riñen a sus abuelas. Hay amigas que critican a la que falta, y cuando una de ellas se baja en su parada, es criticada también. Hay gente que viaja sola (mi favorita), y que escucha música mientras mira por la ventana y yo siempre me pregunto qué estará escuchando, o gente que está totalmente inmersa en un libro y yo me las veo y deseo para poder leer el título, por pura curiosidad. 

"¿Qué pensará? ¿Adónde irá?"

El tren... Cuántas historias nos rodean cuando viajamos en tren...

Me pregunto si alguien cuando viajo en tren, alguna vez, se habrá preguntado qué estaré pensando al quedarme hipnotizada, mirando al infinito...

Hoy he reflexionado sobre el paso del tiempo y el futuro, que cada vez se convierte antes en pasado. He sentido vértigo cuando he querido imaginarme dentro de unos años y no he visto nada. Qué angustia la mía cuando he descubierto que todos mis sueños de infancia (ser médico, casarme, viajar, tener familia, vivir fuera de España...) estaba previsto que se cumplieran a partir de ya. 

Me explico: 

Cuando era pequeña imaginaba que cuando tuviera 22 años sería una adulta, madura e independiente, capaz de desempeñar una profesión, de ser madre, quizás, y de vivir a mi aire, pero en el tren me he dado cuenta de que tengo 22 años y no estoy preparada para nada de eso y que cuando me imagino dentro de 5 años, no veo trabajo, no veo casa y mucho menos, veo hijos. ¿Qué estoy haciendo con mi vida? Muchos a los 22 ya tienen todo eso y yo ni siquiera puedo imaginarlo...

... Y un destello de pensamiento elocuente, de estos que a veces me asaltan a la mente, aparece para iluminarme:

No existe el futuro. Me refugiaba en los sueños porque me alentaban y me guiaban hacia el camino que, sin darme cuenta, había escogido en mi vida cuando era pequeña (ser querida, querer, ser independiente...). Cuando he querido imaginarme dentro de unos años, no he sabido cómo hacerlo porque todo lo que quería cuando era una cría, ya estoy trabajando para conseguirlo, ya estoy en el camino. Ahora que ya estoy montada en ese tren, sólo queda bajarme en la parada que quiera...

... Pero aún me queda viaje.