26 dic. 2014

Vértigo

Es curioso cómo nos engaña la mente.

Ayer estaba empezando el verano más largo de mi vida, sentía que podía hacer casi cualquier cosa, que el tiempo era casi eterno, que se detendría para mi y que me dejaría libre y en paz para descubrir cosas maravillosas, ir en busca de aventuras, alejarme de todo, alejarme de mi, descansar, vivir.

Hoy han pasado los meses y ya no recuerdo cómo he llegado hasta aquí, ni cúanto hace que mi mundo ha sufrido una metamorfosis tan brutal: Entonces observaba moverse las hojas de los árboles con el viento fresco del Norte, cerca de canales llenos de barcas, me mojaban la cara las gotas de lluvia al pasear con una bici por verdes caminos y llenos de cisnes, dormía la siesta a la sombra los días calurosos en Córdoba, acostada en mi vieja tumbona, me bañaba en el mar abierto y de cristalinas aguas, aguantaba la respiración mientras veía el cielo y miraba al sol a través del agua... Y ahora soy un número que rellena una plantilla y retiene en su cabeza cientos de datos, que mira por la ventana cómo las hojas se caen, cómo la lluvia impacta contra el cristal, que sueña con el sol, soy la alumna de sexto que tanto envidié ser cuando estaba empezando...

Me da vértigo. La velocidad me paraliza el sentido. A veces tengo que hacer un gran esfuerzo para desconectar, frenar mi pensamiento y respirar hondo, me miro al espejo y entonces me pregunto cómo ha pasado todo tan rápido, cómo he llegado hasta aquí, miro, observo mi reflejo y no me reconozco, no entiendo cómo han podido pasar los años así. Esa de ahí, con su rabillo, sus pecas y su melena kilométrica, con los ojos llorosos y una triste sonrisa, esa soy.

Qué extraña me siento, podría estar mirándome horas, y no sabría decir con toda certeza si la niña que soñaba con curar las heridas del mundo, y de paso también a las personas, es la joven que ha estado ensayando hace unos minutos su mejor sonrisa para la foto de su graduación, y que tiene miedo porque no controla su futuro, porque ya ese sueño está acabando de cumplirse, ya ese tren está llegando a su destino, y ahora la incertidumbre del cuándo, cómo y dónde, la abruma.

Puedo sentir las mariposas revolotear en mi estómago y eso me hace pensar que desde aquel día que me vi sentada ante el juramento hipocrático, muchas crisálidas se habrán abierto, muchas mariposas habrán muerto...

Quemada por un sueño

Quemada por el sol, tumbada en el sofá, con las piernas por alto y la espalda torcida, escucho a Bob Dylan en un intento de absorber su fuerza inspiradora.

Un largo día de playa me ha dejado agotada, pero lucho contra el sueño porque me resisto a que pase el tiempo. El tiempo vuela y mis días pasan a velocidad supersónica, sin dejarme un segundo para asimilarlo. Hace unos suspiros yo me encontraba en la orilla de una playa de aguas cristalinas con la superficie turquesa y soñaba despierta con el año que me espera, mientras jugaba con la arena, sin reparar ni un momento en ese presente tan paradisiaco que tenía frente a mis narices.

Soñando siempre, se me escapa la vida...