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31 oct 2012

Una bombilla fundida

En Cádiz existe un lugar recóndito desde donde la nada, heterogénea, vacía y hueca, toma forma y color.

 Una farola apagada es suficiente para que, al anochecer, se fundan el cielo y el océano y sean inseparables hasta que la luz del sol los descubra por la mañana. He intentado muchas veces mirar al horizonte y saber al instante dónde se acaba el mar y empieza el cielo, pero ambos son de un negro tan intenso que he de tomarme unos segundos antes de que una débil línea, casi imperceptible, fruto más mi imaginación que de la realidad, tímidamente rompa el nexo místico entre agua y aire. 

No son estrellas, sino barcos pesqueros, que en mitad de la madrugada húmeda y desafiante se intuyen a lo lejos, casi como los astros, pletóricos de protagonismo, que brillan allá arriba, con solo alzar la vista. Parecen reflejos...

Un sólo color, el más profundo y oscuro de todos, es capaz de crear un momento mágico que invita a usar los cinco sentidos: ese rincón del paseo marítimo donde tus ojos pueden ser tan confidentes como traidores; y tus oídos se hacen dueños del silencio roto por las olas; que sabe a vida; que huele a inmensidad; y que desborda fuerza y coraje.

Ese tramo olvidado en penumbra es una parada obligatoria las noches que salgo a correr en Cádiz. Allí no hace falta cerrar los ojos para pensar o soñar y al respirar hondo, el aire fresco y húmedo que inunda mis pulmones, me recuerda que no hace falta que despierte porque soy más consciente que nunca de que estoy viva. Allí mis problemas desaparecen y siempre me inspira el comienzo de algún poema o el tema de un bonito lienzo. Allí mi imaginación se apodera del momento y los colores que no he sabido apreciar durante el día, de pronto me vienen a la cabeza, como si intentaran dar luz a la escena.

Cada día, antes de pasar por ese misterioso lugar, cruzo los dedos para que a nadie en las últimas 48 horas se le ocurriera arreglar la farola, y así, yo pueda disfrutar de la imperfecta sincronía que me brinda una bombilla fundida.




29 jul 2011

Paseos nocturnos y rincones jerezanos

La suave brisa fresca de la madrugada veraniega me hace cerrar los ojos y respirar hondo. Huele a cloro, a "aftersun", al silencio nocturno quebrado por niños jugando entre semana, a césped recién regado y a grillos sonando...

Solía pasear de noche por las estrechas calles del pueblo de mis padres, en Córdoba, cuando era una niña. Allí la calma y el sosiego eran, a veces, siniestros acompañantes en los callejones oscuros y más apartados del centro. Mis primos, mi hermano, mi tía y yo salíamos a la aventura cada madrugada con nuestras linternas y recorríamos medio pueblo, con sus calles empinadas y su cielo estrellado, mientras contábamos historias de miedo...

El buen recuerdo que guardo de todo aquello me tienta cada atardecer de este maravilloso verano y no me resisto, salgo a pasear.

Quiero perderme, decidir qué calle tomar justo cuando llegue al cruce y no pensar, tan solo dejarme llevar por el instinto. Así he recorrido Jerez estos últimos días y mi asombro crece exponencialmente cuando me doy cuenta de que vivo rodeada de callejones tortuosos, con a penas un farol que ilumina débilmente el camino y todo en completo silencio.

¿Dónde estoy?

Llegar a una plazoleta en la que una niña juega con su cachorro, admirar el estilo de la iglesia que le da nombre a ese rincón olvidado, encontrar a un pobre gato color ladrillo vagando por la calle y que se una a mi aventura, ver las casas abiertas y las ancianas en la puerta, mirar con miedo a través de los grandes ventanales jerezanos con los cristales rotos de casas centenarias que atrás dejaron sus días de gloria, subir la mirada unos segundos y encontrar sin quererlo la catedral a lo lejos iluminada, entender paulatinamente en qué punto me encuentro al llegar a un lugar que me resulte familiar...

Es muy satisfactorio saber que queda mucho de pueblo aquí y más aún encontrar esos rincones tan pintorescos y, a veces perdidos, por casualidad cuando camino sin rumbo.