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30 ago 2016

Etéreo y fugaz

Me encanta la sensación de verme incapaz de percibir el límite de las cosas. A veces me sorprendo jugando al mismo juego que me entretenía en la infancia: miro al horizonte e imagino que estoy en el último árbol que veo en el campo, o sobre la última ola del mar. Siempre me ha hecho pensar que esté donde esté, habrá un nuevo horizonte, y un lugar nuevo al que ir.  

Los veranos solíamos observar las estrellas desde nuestra piscina en el campo. Recuerdo que al atardecer miraba desde la terraza entre las copas de aquellas frondosas encinas por si había algún tímido ciervo o algún zorro escondido. Mientras el Sol se escondía, mi padre preparaba su telescopio y mi madre nos reñía por ir descalzos (por si pisábamos algún escorpión). Los grillos, cigarras y ranas, con su música nos confirmaban que el día estaba llegando a su fin. 

Todavía hay veranos que intentamos coincidir para ver las Perseidas (ese fenómeno que se produce a mediados de agosto, por el cual pueden verse cientos de estrellas fugaces en la madrugada). Este año, desde hacía muchos, reservamos en la sierra de Cádiz, un hotel precioso y aislado de todo, en la cima de un monte y un lago entre las faldas de las montañas. A la una de la mañana apagaron las luces del hotel, y súbitamente, tumbados en el césped, empezamos a reconocer el cielo tal y como lo habíamos visto de niños.

La oscuridad era tal, que mis otros sentidos se agudizaron, y empecé a oler a tierra mojada y a césped recién cortado. La montaña se fundía con el firmamento y la vía láctea lo cruzaba de lado a lado, como una nube que serpenteaba y titilaba al son de millones de astros. Allí estaban las constelaciones que mi padre nos señalaba hace más de una década, allí estaban mis recuerdos brillando.

Qué etéreo y vacío es ese completo desconocido. Y entre todo ese abismo de luces y oscuridad, entre todo ese silencio, allí tumbada estaba yo, contando las estrellas fugaces que cruzaban allá donde fijase un instante la mirada, contemplando aquella inmensidad.

Una mota de polvo puede producir, al atravesar la atmósfera, un destello de luz, una estrella fugaz, y sólo es una partícula que lleva, quizás, millones de años vagando por el espacio infinito, y en tan solo un segundo, desaparece. Todo acaba en un segundo.

Esa sensación de insignificancia e indefensión, me ayuda a darme cuenta de lo que verdaderamente importa, vivir bien día a día. Aprovechar nuestras circunstancias y los recursos que tenemos (que no son pocos) para terminar esta vida, fugaz y frágil, habiendo querido y sentido una pequeña parte del mundo.


13 ago 2016

Carreteras secundarias

El sol del crepúsculo baña mi cuerpo. Cubierta de una luz cálida y brillante, sentada y bien atenta a la carretera, voy conduciendo entre lagos, montañas y pueblos blancos al filo de barrancos de piedra que parecen infinitos. Pinos, acebuches, jara y retama adornan mi camino. El dorado de las ramas secas, el castaño de los troncos gruesos y firmes y las verdes hojas, me recuerdan que mis raíces pertenecen a una tierra rica y llena de vida. Recuerdo los años de veraneo en Córdoba, cuando admiraba sin querer toda esa belleza que hoy me enorgullece. Conduciendo por Cádiz he vuelto a sentir la inspiración que solía venirme paseando a la orilla del mar hace ya algunos años.

Es curioso cómo uno tiende a ser más de su tierra cuando se va, o mejor dicho, cuando tiene que irse. Suele pasar que lo que consideramos cotidiano no nos importa hasta que dejamos de tenerlo a nuestro alcance. Ocurre casi siempre y con casi todo.

La nostalgia del expatriado, la llaman.

Hoy me he dado cuenta de que llevo "expatriada" unos 4 meses. La nostalgia es un sentimiento muy propio de mi personalidad, pero siempre había sido una nostalgia inspiradora, como cuando recuerdo las navidades en casa de mis abuelos, o jugando en la piscina del campo en el pueblo. Ahora es una sensación de desarraigo, un vacío que a veces se apodera de mi mente y me retuerce el corazón. 

Ahora me empeño en ser de donde vengo, reclamo y exclamo que soy de Andalucía. No quiero pertenecer a otro lugar, me siento en la necesidad de vivir mi antigua rutina, de beber gazpacho, de escuchar a la gente tocando las palmas por la calle, de ir al mercado y ver los atunes enteros en la plaza, de la copa de fino con una tapa, del arte de aquí, de su músicaa, de su pintura, de esa vida.

Y si estoy yo así, que me fui por trabajo seguro, acompañada, a 3 horas en coche de casa, rodeada de gente maravillosa y muchísimos lugares preciosos por descubrir, ¿cómo se sentirán todas esas personas con nombre, con familia y con sueños que han tenido que salir con lo puesto, con rumbo a lo desconocido y sin forma alguna de volver? ¿cómo podrán vivir cada día huyendo y sabiendo que su tierra, cada vez más lejana, ya sólo es un recuerdo?

Me tocó irme, pero hoy conduciendo por esas carreteras secundarias, perfectamente andaluzas, me ha saltado a la mente una idea: Los caminos más bonitos, son los desconocidos, los que no sabes adónde irán ni cuánto tiempo te llevará transitar por ellos hasta llegar a tu destino. La magia está en saborear el momento y observar el paisaje que se encuentra ante ti, a los lados de tu camino. Existen los trayectos directos, cortos y fáciles de seguir, pero tomando atajos, se evita pensar y sentir. Sentir dudas, miedo, sorpresa, y en definitiva, se evita vivir y aprender de circunstancias que de otra manera nunca hubieran tenido lugar.

Salir de tu zona de "confort" para, simple y llanamente, seguir luchando y viviendo, es un paso muy difícil de dar, pero a la larga, esa carretera secundaria que tuviste que tomar, te lleva a un lugar bello, a una nueva perspectiva de vida que hubieras ignorado para siempre yendo por la ruta directa (considerada en un principio como correcta).

¿Cuántos caminos se podrán escoger para llegar a un mismo sitio? 

No tengo la respuesta. Cada elección que hacemos en la vida nos hace aprender algo distinto, pero estoy segura de que tomando una decisión que a priori no parece la ideal, se puede llegar a ser muy feliz si se disfruta del camino.

 

31 jul 2016

I'm alive

Bienvenida/o a mi nuevo blog.

Creo que no podría haber estrenado nueva imagen y nueva vida con mejor canción. Mensaje claro y fuerte: Sigo respirando, sigo viva.

Diferentes obligaciones y actividades me han distanciado de esto, y lo echaba mucho de menos.

Hoy empieza la nueva vida de este viejo blog, pero mi la mía empezó hace ya algún tiempo, después de acabar quinto de carrera, y dejar Cádiz, mi mayor fuente de inspiración, para terminar sexto curso y estudiar el MIR (la oposición para futuros médicos internos residentes que hacen la especialidad), en Jerez de la Frontera, mi ciudad adoptiva y hogar desde el 2001.

En Jerez acabé mis prácticas clínicas en el Hospital, me gradué en el teatro Falla, con mis amigos del alma, y me encerré 7 meses de mi vida para estudiar junto a Pablo, el mejor acompañante de viaje que he podido tener, desde hace ya 7 años y medio. Vivir y estudiar juntos, qué desafío...

Pero todo acaba, y llegó el día del examen, y el día de los resultados, y el día de la elección. Por suerte obtuvimos resultados similares y eso nos permitió poder elegir un destino juntos.

Y aquí estamos. Juntos todavía en una capital de provincia patrimonio de la humanidad, Cáceres. Muy lejos de mi Andalucía querida y del mar, pero arropados por gente maravillosa y aprendiendo a ser buenos médicos de familia.

Después de este escueto resumen de los eventos más decisivos de los 2 últimos años de mi vida, anuncio mi vuelta a este blog, con novedades, como una sección sobre Arte (cine, fotografía, literatura, pintura y música), otra sobre salud, vídeos variados, y además, las entradas de siempre sobre mi peculiar forma de ver el mundo que me rodea.

Hasta la próxima.

15 ago 2014

Riqueza

Demasiado tiempo hace ya desde que mis dedos no golpean las letras de mi portátil para construir frases que tengan un poco de mi corazón, aquí.


Demasiado tiempo sin dar rienda suelta a mi mente para sentir desahogo y paz, como sacrificio para el estudio largo y duro que he tenido que invertir para acabar el curso completa y notablemente.

Ya estamos a mediados de agosto, y ahora, tras dos largos meses llenos de aventuras, viajes y desconexión, al fin soy capaz de reunir todas las palabras que rondaban mi pensamiento, y ponerlas en orden.

A menudo me he preguntado en qué consiste la riqueza verdadera. Obviamente debería tener algo que ver con el dinero, o con las posesiones, al menos sería lo lógico según su significado estricto en la RAE: Abundancia de bienes y cosas preciosas.

Al volver de mi último viaje, un interail por Holanda, Bélgica y Alemania, en el avión, rodeada de alemanes que esperaban aterrizar en tierras exóticas, calurosas y con playas de arena fina, rodeada de bebés llorando y españoles tocando las palmas, me puse a pensar en la palabra que pudiera resumir más fielmente los doce días que pasé viviendo todas esas aventuras que jamás olvidaré. Solamente se me ocurrió "riqueza".

Suele ocurrir que los medios nos bombardean con mensajes cargados de instinto consumista, que nos animan a comprar y que nos educan en el "tanto tienes, tanto vales". Y se nos suele olvidar que cada uno de nosotros es un universo inexplorado, individual y único, desbordante de pensamiento, imaginación y gusto propio por algo en la vida.

Solamente cuando sales de tu círculo, y visitas otros lugares llenos de gente y culturas diferentes, te das cuenta de que la verdadera riqueza está en las personas, muy dentro de ellas, donde ni siquiera ellas saben que existe algo que las hace únicas. 

Tantos seres humanos por las calles, en los metros, en los museos, tantos cientos de caras por todas partes, y todas con una expresión diferente, todas reaccionando de forma distinta ante cualquier estímulo.

Observar el comportamiento de cada uno de los que se cruzaban en mi camino, fuera cual fuera su etnia o cultura, coincidir con extraños y que en horas se transformen en amigos con los que compartes muchísimas ideas, oler y probar sabores diferentes... Todo eso ha sido lo más bonito y especial de este viaje, lo que me ha hecho un poco más grande como persona, y lo que ha hecho que la palabra "riqueza" para mi, cobre su verdadero significado.

¡Buen viaje!


27 sept 2013

Viajeros solitarios

Ya era hora, lo se. Hace mucho, demasiado tiempo que no consigo sentarme a escribir lo que sale de mi corazón y/o de mi cerebro. Me he sentido lo suficientemente dispersa y a veces vacía como para saber que iba a ser una pérdida de tiempo intentar escribir algo con sentido, y no el revuelto de ideas y sentimientos que han estado peleándose, desde la última entrada, dentro de mi cabeza.

Sigo teniendo problemas para aclararme, pero creo que después de las experiencias que he tenido este verano, me siento más inspirada y capaz de plasmar mis esquemas mentales con más o menos sensatez.

He viajado sola por primera vez (y varias veces), este verano. Sola. Ha sido una experiencia enriquecedora, en muchísimos sentidos (te hace más valiente, más independiente y te da mucha autoestima, pero sobre todo, te enseña a valorar el silencio). 

Estar las horas muertas en un aeropuerto desconocido, en mitad de ninguna parte, rodeada de personas y a la vez en la más completa soledad. Oír mis pensamientos, quebrados únicamente por el estruendo de los motores al despegar de la pista, tumbada en la terraza del área de descanso, mirando al cielo, bañándome en el sol sofocante veraniego de Barcelona o Madrid, sin esperar a nadie, pero desesperada por coger mi vuelo.

Observando a los demás, agitados por las prisas de los horarios, trasportando sus maletas de aquí para allá, algunos entusiasmados por las aventuras que les esperaban y otros amargados por su regreso, pude darme cuenta (otra vez) de lo insignificantes que somos, y vi el verdadero parecido que hay entre un  aeropuerto y la vida misma (al menos para mi).

Somos viajeros. Pasajeros de un vuelo que no hemos elegido hacer, con un billete de ida y no retorno. Creemos que nos sentamos al lado de quien queremos, pero el azar lo decide. Discretamente, el azar nos ha colocado en cada asiento, en cada puesto en el mundo (en un estrato social alto o bajo, en un continente desarrollado o en vías de dessarrollo, en una familia conservadora o una progresista, católica o musulmana), solamente somos peleles jugando a la ruleta rusa. Pero lo peor de todo no es llegar a la conclusión de que todos creemos, pensamos y somos así por azar, sino que además nacemos y morimos solos. 

Madres e hijos o parejas que se agarran la mano para atravesar el aeropuerto en busca de su puerta de embarque, o viajeros solitarios, como yo, que se conforman con observar y sacar conjeturas para entretenerse hasta llegar a su destino. Luego nos montamos en el avión, asumiendo que podemos tener mala suerte y caer desde diez mil metros de altitud. ¿Y qué hay que hacer en esa situación de peligro inminente? Mirar por uno mismo, como si no existiera nadie más a quien cogerle de la mano y colocarse la mascarilla de oxígeno para salvar tu vida. Sobrevivir o morir, solos. 

La vida es un ir y venir de gente, de aventuras, de ilusión y desengaños. Es cuestión de saber y querer aprovechar el viaje. Lo malo es que somos unos inconscientes, necesitamos que nos demuestren que la vida es frágil, irrepetible y efímera para que queramos aprovecharla y amarla, aunque a veces no la entendamos. 

Pero no estés triste por lo de que nacemos y morimos solos. Piensa que puedes viajar con quien tú quieras, aunque tengas que soltarle la mano en el último momento. Y que si alguna vez no tienes a nadie a quién darle tu mano para viajar, puedes guardar silencio, para que tu aguda voz interior se escuche y puedas conocerte un poco mejor, para que, en el futuro, tu mano se agarre de forma más firme y sincera a la mano de tu acompañante.


18 abr 2013

El tren de la melancolía

Faltaban a penas diez minutos para que saliera el tren. Nos sentamos en esa mesa solitaria de la cafetería, sobre la que hiciste una broma de la que sólo nosotros nos reímos. Fuera, el bochornoso calor, que llegó sin avisar, y nos animó a tomarnos un café con hielo.

Cuando el café ya me había poseído y los efectos comenzaban a aparecer insidiosamente en mi cuerpo, ya me encontraba sentada en el tren, cada vez más lejos de ti. Allí encontré, entre la multitud, un asiento frente a la ventana, donde daban los rayos de sol. El vagón iba abarrotado, pero la gente no me importaba nada. Yo iba pensando en mis cosas. Tranquilamente.

Qué día más extraño, aunque no sabría decir muy bien por qué. Ahora estoy tumbada en la cama. Han pasado horas desde que bajé del tren, pero aún conservo los efectos del viaje, y también de aquel café.

Los trenes siempre me han provocado melancolía. Primero miro por la ventana y observo cómo el paisaje pasa y cambia rápida y constantemente, pero al final siempre acabo fijando la mirada en el infinito, pensando en lo efímera que es la vida y lo velozmente que ocurre todo. El tren es un lugar novelesco, cargado de dramatismo, donde dos perfectos desconocidos pueden entablar una conversación acerca de casi cualquier cosa: tal vez coincidir, tal vez no; tal vez quedar impresionados, tal vez no; tal vez volverse a ver, tal vez no... 

El tren es un lugar lleno de humanidad. Me encanta observar a la gente cuando no saben que los están mirando. Hay parejas que discuten entre dientes, para no llamar la atención de los demás, otras parejas, en cambio, se acomodan en el regazo del otro o se dan la mano y no hablan, como si estuviera ya todo dicho y ninguna palabra hiciera falta. Hay abuelas que riñen a sus nietos y nietos que riñen a sus abuelas. Hay amigas que critican a la que falta, y cuando una de ellas se baja en su parada, es criticada también. Hay gente que viaja sola (mi favorita), y que escucha música mientras mira por la ventana y yo siempre me pregunto qué estará escuchando, o gente que está totalmente inmersa en un libro y yo me las veo y deseo para poder leer el título, por pura curiosidad. 

"¿Qué pensará? ¿Adónde irá?"

El tren... Cuántas historias nos rodean cuando viajamos en tren...

Me pregunto si alguien cuando viajo en tren, alguna vez, se habrá preguntado qué estaré pensando al quedarme hipnotizada, mirando al infinito...

Hoy he reflexionado sobre el paso del tiempo y el futuro, que cada vez se convierte antes en pasado. He sentido vértigo cuando he querido imaginarme dentro de unos años y no he visto nada. Qué angustia la mía cuando he descubierto que todos mis sueños de infancia (ser médico, casarme, viajar, tener familia, vivir fuera de España...) estaba previsto que se cumplieran a partir de ya. 

Me explico: 

Cuando era pequeña imaginaba que cuando tuviera 22 años sería una adulta, madura e independiente, capaz de desempeñar una profesión, de ser madre, quizás, y de vivir a mi aire, pero en el tren me he dado cuenta de que tengo 22 años y no estoy preparada para nada de eso y que cuando me imagino dentro de 5 años, no veo trabajo, no veo casa y mucho menos, veo hijos. ¿Qué estoy haciendo con mi vida? Muchos a los 22 ya tienen todo eso y yo ni siquiera puedo imaginarlo...

... Y un destello de pensamiento elocuente, de estos que a veces me asaltan a la mente, aparece para iluminarme:

No existe el futuro. Me refugiaba en los sueños porque me alentaban y me guiaban hacia el camino que, sin darme cuenta, había escogido en mi vida cuando era pequeña (ser querida, querer, ser independiente...). Cuando he querido imaginarme dentro de unos años, no he sabido cómo hacerlo porque todo lo que quería cuando era una cría, ya estoy trabajando para conseguirlo, ya estoy en el camino. Ahora que ya estoy montada en ese tren, sólo queda bajarme en la parada que quiera...

... Pero aún me queda viaje.

29 ene 2013

"Feng Shui" emocional

El sol entra sin llamar. Hoy el cielo ha dado una tregua, al fin, y hay tanta claridad en mi habitación que a penas puedo abrir los ojos cómodamente. Hoy el cielo ha dado una tregua, al fin, y la gente aprovecha para salir y disfrutar del maravilloso calor invernal, más cálido que ninguno. Yo desde mi ventana, los veo pequeños como hormigas, y cerrando un ojo juego a que los cojo entre los dedos, como una niña, triste y aburrida, un día maravilloso, mirando por la ventana porque está castigada.

Hay algo mágico en esta habitación que me hipnotiza. Cuando me tumbo en la cama y observo cómo se refleja el sol en el espejo de mi armario, tras atravesar el cristal de esa gran ventana mal pintada de blanco, mal encajada, a la que, a veces, cariñosamente, maldigo por no tener fuerza para abrir, y los rayos por enésima vez desviados, vuelven a la pared opuesta al armario (la de la ventana), en forma de reflejo, como un espejismo, como una mentira extraordinaria. 

Sin saber qué impulso extraño me ha movido a cambiar el orden de los cuadros de mi pared y de los adornos de los estantes que hay en el cabecero de la cama, le he dedicado un rato a establecer un nuevo equilibrio en mi hermosa habitación alquilada en Cádiz, a la luz del sol en su máxima expresión.

Tras mi ataque de "Feng Shui", me he vuelto a tumbar en la cama, contemplando mi magnífica obra, preguntándome por qué puse al principio los objetos que he cambiado de lugar, donde estaban antes, si claramente siempre debieron estar donde los acabo de colocar, donde les corresponde, y reprochándome por qué no me di cuenta antes. 

- "Perfecto, Irene, está perfecto"...

 "Qué precipitación más estúpida la tuya, podrías haber ido probando y no confiar tan ciegamente en que ese era el sitio que le correspondía tener a esa puñetera maceta", "Esa puñetera nos la ha jugado todo el tiempo ¿qué se ha creído? Estando en un lugar privilegiado, sin merecerlo"...

- "¿Esa puñetera maceta? ¿Estás segura de que sigues refiriéndote a la maceta?"

- ...

Y de pronto, me surge la duda, (gracias a mi Irene interior: Gracias, Irene):

¿Existe el Feng Shui de las relaciones interpersonales?

Puede que en nuestro interior, exista un "algo" que nos alerte sobre la insatisfacción para con ciertas personas, circunstancias o situaciones especiales. Igual que cambiamos de postura inconscientemente cuando la pierna se nos duerme mientras dormimos, igual que cuando se nos antoja tomar vino para comer, en vez de la coca-cola de siempre.

No creo que me esté explicando demasiado bien, quizás es un desvarío, quizás me esté dando demasiado sol en la cabeza. Creo que mi subconsciente ha hecho que me de cuenta de que, definitivamente, no me encuentro cómoda con una situación y me ha transmitido el impulso, la necesidad, la urgencia, la impetuosidad y la inquietud por cambiar algo, algo próximo a mi, del lugar donde vivo y duermo, pero yo, tras el cambio, me he sentido igual de insegura e insatisfecha. No es un mueble, es una actitud, una relación, un sentimiento.

Qué complicado es todo (porque hacemos que todo lo sea).

¿Y cómo actuar ante tal premisa?

Quizás la respuesta esté en el "Feng Shui", como un  "Feng Shui" emocional. Una nueva filosofía basada en el cambio en sincronía con las circunstancias que nos acontecen. El equilibrio entre lo que damos y lo que recibimos. Donde el estado ideal sea que el entrecruzamiento y yuxtaposición de dos almas sea esencial y pura, sin florituras, sin apariencias, nada más (y nada menos), que dos corazones sinceros que se aportan oxígeno  y nutrientes mutuamente. 

A veces ocurre que un corazón trabaja más que otro. Eso, en Medicina, podría traducirse como una hipertrofia compensatoria, y la atrofia lleva a un fracaso. Pero esto no es Medicina: Cuando una persona aporta más que la otra a una relación, pueden ocurrir cuatro cosas: que la que esté dando más, se canse porque se de cuenta de que la situación es insostenible, que la otra desarrolle un complejo de inferioridad (y por tanto, envidia, resquemor y coraje),que las dos opciones juntas ocurran simultáneamente, o que todo sea perfecto e idílico como la famosa serie "Friends" (pura ficción).

A veces nunca encontramos a la persona con la que congeniamos. No importa, esto no va dirigido a los mejores amigos, ni a los novios, ni siquiera a las madres e hijos. El "Feng Shui" mental funciona con todas las relaciones sociales que mantenemos a diario (con nuestro frutero, carnicero, compañero de trabajo, hermano, primo...).

La cuestión está en realizar un balance mental de lo que transmite la persona con la que estás compartiendo una situación. Después de la evaluación de sus aptitudes, habrá que elaborar y manifestar la respuesta emocional correspondiente, siempre equitativa y prudente.

Recuerda que en el "Feng Shui", el cambio es un factor que juega un papel crucial para llegar a un equilibrio. Las fuerzas deben estar compensadas.

Por ejemplo, si una persona te confía un secreto sobre algo malo que ha hecho a otra persona, existen las mismas probabilidades de que, en un futuro, esa persona te lo haga a ti. 

Existe una continuidad en cómo somos y qué hacemos, y por lo general es difícil de modificar (si es que alguna vez se ha conseguido), por lo que si tu frutero maltrata al que le distribuye las peras, ¿quién te dice a ti que no te maltratará también?

Como es imposible llegar al interior de alguien, y vislumbrar sus facetas ocultas para que puedas crear un plan de actuación para mantener el equilibrio (Feng Shui) y así no caer en el malestar, confusión, decepción, etc, al que llegamos a veces, simplemente, y después de todo este rollo, nos queda sólo una salida:

Confiar en los demás hasta que te den el palo, lamerte las heridas, seguir tu camino y volver a encontrarte a otra persona en la que tengas que confiar y vuelvas a tener que curarte las magulladuras.

Mientras tanto puedes cambiar el orden de los cuadros en la pared tantas veces como quieras...

... Porque la única forma de saber si puedes confiar en alguien, desgraciadamente, es confiando.

4 nov 2012

Carta a RTVE


Soy estudiante de cuarto de Medicina en la universidad de Cádiz. No me considero una persona especialmente escrupulosa y he pasado horas en quirófano oliendo a heces putrefactas como consecuencia de una obstrucción intestinal grave de varios días de evolución y me tocará soportar muchas cosas más (y quizás peores) en mi profesión.

Hoy, domingo, en el informativo de la hora de comer, el que más familias ven, han emitido un reportaje largo y completo sobre los cadáveres que se encuentran sin documentación que no pueden ser identificados y que nadie reclama. Todo parecía ser un reportaje normal, meramente divulgativo y anecdótico hasta que han comenzado a aparecer fotografías de personas fallecidas (no cuerpos sin vida, sino PERSONAS, con madre y padre, al menos), individuos ahogados, descompuestos, entumecidos, ensangrentados...

La primera pregunta que se me vino a la cabeza tras cambiar el canal (no por asco sino por indignación) fue quién demonios ha permitido que esas imágenes se hagan públicas y totalmente notorias en la primera cadena de televisión, ya que, por ley, tendría que haber un secreto profesional entre el médico forense y el paciente (sí, el fallecido).

La siguiente pregunta que no pude evitar hacerme fue qué sentido tiene hablar sobre los cadáveres que nadie reclama en un informativo si lo que importa es que la familia o amigos del cadáver lo reconozcan a través del instituto anatómico forense o la policía y no a través de la tele (me ha sonado al más macabro de los programas estilo “Diario de Patricia”).

Y ya que a alguien sí le ha parecido buena idea hablar sobre el tema, ¿no se ha dado cuenta de que TODA LA INFORMACIÓN QUE HAN DADO podría haberse entendido igualmente sin esas imágenes tan traumáticas, crudas y desgarradoramente frías?

¿Dónde dejaron la empatía?

¿Es que es necesario tanto morbo para atraer a la gente? Ya no es cuestión solamente de herir o no la sensibilidad de un “sensiblón” o “sensiblona”, están jugando con la educación de las personas, están enseñando que los pies asomando por debajo de una sábana blanca en el suelo de una calle destrozada por una guerra, o  los charcos de sangre en los portales de las casas donde hubo violencia de género, los mutilados o niños muertos de hambre, son tan normales como “el llover”. La gente se está acostumbrando a ver todo tipo de  atrocidades y está dejando de tener sentido. Ya nadie se asusta. Ya nadie siente empatía.

Las verdades hay que decirlas (aunque la verdad que se cuenta en televisión ya ni es verdad ni es nada), no hablo de censura, pero creo que es importante proteger la sensibilidad. Es la sensibilidad la que promueve el espíritu solidario de las personas, la que mantiene la ilusión viva, la que da imaginación y libertad de expresión y crítica.
Están ustedes convirtiendo a los niños y jóvenes (el futuro) en peleles violentos, grises, vacíos e insensibles. Están deshumanizando a la población. Sin humanidad no habrá nada que nos distinga de las bestias.

4 jul 2012

Unos lo llaman fe

La voz de Freddie Mercury quebranta el silencio de la madrugada. Los vigorosos edificios de Cádiz duermen y sólo queda la luz amarilla y tenue de las farolas de mi barrio, a dos manzanas puedo ver el Hospital, insomne... La brisa fresca de esta cálida noche hace que inspire profundamente con los ojos bien abiertos y el vello de punta... los visillos se agitan tímidamente y su sinuosidad me adormece.

Me resisto a apagar el iPod y sucumbir al peso de mis párpados, no quiero dejar de oír su voz, significa tanto... Cuando algo va mal siempre tengo música de "emergencia". En realidad es una tontería, simplemente me acostumbré a escuchar ciertas canciones cuando me sentía mal por cualquier motivo. Canciones que me motivan... "Don't Stop Me Now" de Queen, por ejemplo.

Soy fan del grupo. Todavía me recuerdo a mí misma alucinando al ver por primera vez el video de "I Want to Break Free" parodiado por un programa de telecinco, (que por aquel entonces era una cadena respetable, por cierto), presentado, entre otros, por Florentino Fernández y Patricia Conde, el Informal, se llamaba... Recuerdo que pensé que era imposible que algún cantante en su sano juicio hiciera algún video en el que se le viera fregando vestido de mujer y que seguramente se trataría de una broma absurda de las muchas que hacían en el programa... qué equivocada estaba, cuánta locura, qué mágico era...

Muchos años han pasado ya desde que se fue y si mi poca cultura musical no me falla demasiado, diría que el año que se marchó él fue el año que vine yo. Qué antojadizo es el azar...

Realmente llevo todo el día pensando en el azar, el destino, la casualidad, Dios, qué más da. Creer es lo que importa, ¿no? Al fin y al cabo, la única diferencia entre los religiosos y los ateos o agnósticos es que nosotros no le llamamos "Dios".

El ser humano es de naturaleza curiosa e inquieta y para él es vital poder dar nombre a todo lo que le rodea. Al principio de nuestra evolución señalábamos el objeto o animal al que nos queríamos referir, pero aquello cambió de onomatopeyas y gemidos a palabras bien articuladas y con raíces determinadas formando, incluso, oraciones y frases estructuradas, lo que nos sirvió para transmitir conceptos e ideas abstractas, capacidad que nos eximía al fin de la limitada comunicación para la alerta o alimento que poseían y poseen nuestros primos los primates y demás animales sociales.

El lenguaje nos permitió referirnos a objetos sin que éstos estuvieran presentes. Hizo de una necesidad (la de comunicarse en caso de peligro, como defensa) la mejor manera de relacionarse y formar así, una población unida con conocimientos y cultura que podía pasar de generación a generación y ampliarse así con la experiencia.

Nuestro afán por clasificar y nombrarlo todo ¡por querer saberlo todo, de todo! ha sido nuestra perdición, porque no tenemos medios para el conocimiento infinito y para dar explicación a muchas cuestiones que hoy nos planteamos... A todo lo que no podemos darle un sentido y encontrarle un origen o una razón, lo transformamos en algo místico que supera nuestro entendimiento y lo relacionamos con Dios, azar, destino, casualidad...

Está en nuestra naturaleza. Es tan fuerte nuestra necesidad innata, congénita e inevitable de conocer y saber, que preferimos pensar que existe algo superior (que no podemos demostrar, ni ver, ni tocar, ni oír... que mantenga el equilibrio y en el que confiar nuestro destino, para bien o para mal) a admitir que aún no tenemos la capacidad para poder explicarlo, porque tenemos que tenerlo todo controlado, incluso lo que no podemos controlar.

Unos lo llaman fe, otros superstición. Todos necesitamos algo que esté por encima de nosotros, algo o alguien "metafísico" que pueda ayudarnos cuando la solución a un problema no dependa de nosotros, solamente... algo o alguien al que podamos dar las gracias si, contra todo pronóstico, aquello por lo que cerramos los ojos y rogamos o rezamos, se cumple.

El otro día volví de un examen y mi compañera de piso me preguntó si tenía algún amuleto que me diera suerte... Sí, lo tengo, aunque considero que es absurdo atribuirle el mérito de un aprobado (con las palizas que me pego de estudiar) a una pulsera y unos pendientes, los llevo puestos cuando me examino porque me dan confianza. Igual que a un católico le sirve rezarle a la Virgen o poner una vela. Es más fácil enfrentarse a la realidad (un examen, una entrevista, un largo viaje... LA VIDA MISMA) si crees que te protege y acompaña un "ente" superior del que depende tu dicha. Entonces, según nuestro adoctrinamiento, ese "ente" recibirá diferentes nombres...

¡Oh! El iPod se ha apagado... ¿Será una señal divina para que duerma y descanse?

No tentaré a la suerte... Buenas noches.

10 mar 2012

Castillos de arena

Cierro los ojos. Mis párpados sucumben ante la divina fortaleza de un sol de primavera en pleno invierno. Los rayos impactan contra la pálida tez de las niñas que, a riesgo de coger un resfriado, lucen el biquini que han rescatado del fondo del armario esta linda mañana de domingo. Atrás queda la ola de frío de la que hoy nadie parece acordarse.

Soy la única que decide salir a correr un domingo a medio día por el paseo  marítimo de Cádiz... hoy todos decidieron dar un paseo y aprovechar para tomar algo en un bar, cerca del mar. Esquivo a la multitud.

La marea está alta y huele a mar y los niños hacen volar sus pequeñas cometas y los padres los miran satisfechos y los aviones dejan una estela en el cielo que firma el firmamento y que va desapareciendo como las olas en el mar...

La vuelta la haré caminando por la orilla...

Mientras cuento sus turquesas, las olas rompen con fuerza y me parece que el mar le reclama a la playa su arena e intenta abrazarla, pero ésta se escapa. Pequeñas gotas de agua gélida resbalan por mi cuerpo y contengo un escalofrío. Mis ojos se pierden más allá del horizonte, incapaces de vislumbrar lo enorme y majestuoso que es el océano, yo me intimido y me emociono. Muchos son los que quieren capturar la escena pero no habrá jamás una fotografía que le haga justicia a este momento, a cada detalle que siento.

Me pregunto si para mí dejaría de ser tan bello si todos los días fueran como este... posiblemente dejaría de ser tan impresionante, paulatinamente, hasta convertirse en algo vulgar... como cuando el viento le arrebata a los preciosos y delicados castillos de arena cada grano hasta que solamente queda un montón informe...

Castillos de arena...

Recuerdo cuando mis padres cargaban con una mochila llena cubos, palas y rastrillos de todos los colores cada vez que íbamos a la playa. Todavía no habían colocado la sombrilla y yo ya me había puesto de arena hasta las cejas y no paraba de correr de un lado para otro, impaciente, hasta que mi madre me pusiera la crema solar y me diera permiso para bañarme.

Aunque nací y viví en Córdoba, mis padres siempre intentaban llevarnos a playa con relativa frecuencia. Pero fue durante la época que vivimos en Cataluña (en Figueras, Gerona) de la que más recuerdos conservo de mi relación con el mar. El Mediterráneo es tan diferente al océano que hoy me salpica...

Solíamos llevarnos las butacas y la mesa plegables y una nevera azul llena de comida y refrescos para pasar todo el día. Recuerdo que la gente nos miraba, escandalizada (aquello parecía no ser normal para ellos) y con algo de envidia, quizás por la pinta tan deliciosa de la comida que preparaba mi madre. Durante la siesta, por órdenes estrictas, teníamos mi hermano y yo terminantemente prohibido el baño, así que hacíamos grandes castillos de arena con los cubos y creábamos un fuerte que contuviese el agua al subir la marea, pero lógicamente el castillo no resistía y siempre perdía la batalla en esa guerra.

Cuántos recuerdos me vienen a la cabeza... No puedo evitar pensar que todo lo que soy es heredado. Cómo hablo y cómo pienso es fruto de haber nacido en un momento y lugar concretos. Fue totalmente fortuito. Podría haber nacido en Somalia y estar pasando hambre, sería esclava sexual o podría haber muerto. El pensamiento político, la moral, la religión... ¿Y si hubiese nacido en el seno de una familia budista en China? ¿A caso sería como soy? ¿Sería agnóstica? ¿Estudiaría Medicina? ¿Y si hubiera nacido en Marruecos? Sería musulmana...

La influencia que ejerce nuestro entorno sobre nosotros desde que vemos la luz es palpable y es la que nos proporciona la base desde la que nos realizaremos a nosotros mismos cuando llegue el momento. Porque no debemos conformarnos con lo que nos han repetido o lo que hemos visto normal desde que usamos la conciencia... debemos criticar con sensatez y sacar de ello lo que nos complete, sin ser necesariamente lo opuesto a lo que conocemos, claro.

Una vez alguien me dijo que cambiar de piel es doloroso, pero es algo que todos hacemos para llegar a ser quienes somos: "¡Mírate ahora, valió la pena!".

Seres independientes y únicos (figurada y relativamente únicos), auténticos. Porque heredar es aburrido. Tras la ardua lucha conmigo misma... al final me acabó gustando lo que vi.

¿Cuándo y cómo rompí con la influencia?

Un día comprendí que mis padres (mi entorno) eran seres humanos, como yo. Podían cometer errores y equivocarse estrepitosamente, como yo. Y que ellos un día también comprendieron lo mismo de mis abuelos, etc. Cuando me di cuenta de aquella verdad incómoda, me sentí abrumada ante las infinitas formas de pensar y de actuar que existen y que son totalmente independientes a mis dos pilares y máximos puntos de referencia. Estaba mentalmente sola y aislada y tuve que filtrar todo lo que veía y oía a mi alrededor para poder moldear a la persona que sería y con la que me sintiera cómoda el resto de mi vida: Yo misma.

Los castillos de arena son firmes, pero cuidado, con el tiempo se deshacen, como lo que nos enseñan... un día se convierte en simple arena desprendida de una fortaleza, que hay que reconstruir, desde el principio, con esfuerzo y sudor.

La única forma de que la mente crezca sanamente es que nos enseñen a criticarlo todo, para poder así elegir quienes queremos ser cuando estemos preparados. Individualizar e independizar... Todos los castillos de arena, todas las ideas heredadas, no son nada si no las procesamos, si no las hacemos nuestras, desde cero... 

5 mar 2012

¿Quiénes son esos?


Hace un par de meses fui al concierto que Amaral dio en la sala Anfiteatro en Cádiz. Cuando compré las entradas directamente fueron a mi cartera, casi sin detenerme a observar los detalles de las mismas, como acostumbro. Aquella vez tenía prisa y por mi afán de conservarla sin daños y que no se me extraviara, la guardé sin pensarlo dos veces hasta el día del concierto. Así, si no la tenía en las manos, mi ilusión de ver al grupo por segunda vez en mi vida, no sería real hasta el mismo día del espectáculo y no tendría que esperar dos semanas y desesperar en el intento.

Cuando abrí mi cartera el día señalado y cogí las entradas, experimenté mi tradición: miré y leí meticulosamente cada detalle del papel. En una tímida esquina, abajo de la hora a la que empezaba el concierto, estaban, esos, por muchos desconocidos, esos que son como los días grises (no nos disgustan demasiado pero cansan rápido), los ahijados de las estrellas, un grupo de serie B, de esos que no salen en la radio, de cuyo nombre nunca nos acordamos, los teloneros.

¿Quiénes son los teloneros?

Para mí, los teloneros en un concierto son un mal trago por el que hay que pasar para poder ver el espectáculo que has pagado. No quiero parecer cínica o engreída hablando categóricamente sobre las cosas, pero cuando voy a un concierto y miro a los teloneros siento angustia. Angustia porque ellos saben que, a pesar del hecho de ser una buena oportunidad el estar ahí, tocando y haciéndose un hueco para ser oídos por un público real y crítico, no dejan de ser unos intrusos, indeseables e inoportunos que cuando acaben serán más aplaudidos porque se han ido que por lo bien que han tocado.

Son, podríamos decir, el segundo plato, o mejor dicho: un aperitivo frío que solamente alimenta el deseo de sentarse a comer un buen "puchero". Y ellos lo saben y parece que lo llevan bien. ¿es que han asumido su papel?

Hace poco me enteré de que ya somos siete mil millones de habitantes en el planeta Tierra. Si somos tanta gente, es imposible que todos seamos premios Nobel o estrellas del Rock. Por estadística pura siempre habrá alguien que nos supere en algo, que sea mejor que nosotros en un deporte, hablando idiomas, dibujando, cantando, calculando en matemáticas y por el contrario siempre habrá alguien que no nos supere a nosotros. Sencillamente, la grandísima mayoría de esos siete mil millones (y creciendo) tiene que estar a la sombra de las grandes o las medianas mentes pensantes. 

Pero no sólo de ellas depende la humanidad. Todos somos necesarios aunque no inventemos grandes aparatos que cambien radicalmente el curso de la historia de la ingeniería o aunque no descubramos una cura contra alguna enfermedad endémica en el tercer mundo que pueda salvar a millones de vidas (otro tema del que se puede hablar largo y tendido) o porque no enunciemos una ley física extraordinaria que nos permita viajar en el tiempo.

¿A caso los niños crecen soñando con ser teloneros? Seguramente no. Quizás astronauta o estrella de cine. Pero a medida que el niño deja de serlo, posiblemente su listón de exigencias para consigo mismo descienda considerablemente, quizás gracias al sentido común que nos dice que hay sueños que están al alcance de muy pocos y que de vez en cuando es mejor conformarse con ser maravillosamente mediocre.

¿Que quiénes son los teloneros? Todos nosotros.

19 dic 2011

Efímero

Los días de otoño, efímeros como el primer beso, como un eclipse de sol, pasan sin que pueda saborearlos hasta quedar plena y satisfecha, pasan y no se recuperan, adiós para siempre.

Todas las mañanas, abro los ojos y observo los haces de la luz del amanecer que atraviesan la persiana resbalando por el espejo de mi armario.  Bostezo, e inmóvil aprovecho el calor de la noche, la paz del sueño, la soledad de una cama vacía... cuántos sentimientos y con qué rapidez he de hacerlos propios antes de que se desvanezcan, antes de que me levante y se pierdan entre las sábanas, junto aquel pensamiento que ayer amenazaba con quitarme el sueño, y que hoy ya no se vendrá conmigo, porque yo elijo qué entra y sale de mi cabeza y hace una mañana demasiado bonita...

El alba, sin prisa pero sin pausa... el Sol... a cada segundo inunda mi habitación con más intensidad, como en un atraco, acorralada, no puedo escapar, y me deslumbra mientras tomo el café en una taza sin dueño. No puedo evitar abrir la ventana y respirar hondo con los ojos cerrados, aire fresco del mar invade mis pulmones, mi aliento sale despedido de mis labios en forma de vaho y un escalofrío recorre mi espalda de norte a sur, la carne de gallina... a prisa cierro y sigo tomando mi café humeante mientras lo agarro con fuerza entre las manos, se hace tarde.

Otra mañana más, las calles sin "montar", y yo las piso con cuidado, no querría tropezar...

Han sido unos meses profundamente excitantes. Tras varias semanas después de acabar las prácticas clínicas en el hospital, empiezo a asimilarlo todo... 

Nada podrás estudiar, nada podrán contarte que te haga comprender cuál es la condición del ser humano en su estado más vulnerable si no lo has vivido. Nada. 

El ser humano enferma, como cualquier ser vivo, porque así lo quiere la naturaleza y así debe ser. El organismo evoluciona e involuciona, es tan cíclico como el amanecer que me deslumbra cada día y el atardecer que me obliga a abrigarme cuando el Sol me abandona. La enfermedad como parte de la vida... parece obvio pensar que la única condición que todo ser debe cumplir para padecer es "ser", pero aceptarlo  y apreciarlo es otro asunto bien diferente, ¿verdad?

Ver al rico o al pobre, al necio o al culto, en la única situación en la que la "humillación" está asimilada y  se tolera, cuando hay que desvestirse en un lugar desprovisto de todo aquello que nos una a nuestro mundo, un lugar siniestro donde es sabido que "las personas dejan de ser personas para ser pacientes" y sintiendo el frío metal de un fonendoscopio en el pecho, el frío en el alma, preguntándose sin cesar el porqué. Ahí el ser humano está en igualdad de condiciones  y el porqué es porque tiene vida. De nada sirve el poder adquisitivo, de nada sirve el intelecto.

La salud es efímera y la enfermedad categóricamente natural y en nuestra mano está aprender de ella a afrontar la vida como venga, sin más vacilaciones, sin titubeos, sin oscilación, superar los miedos y aprovechar el momento, con las peculiaridades de cada circunstancia, adaptarse, como llevamos haciendo millones de años y respirar hondo...

20 nov 2011

Un domingo electoral, como otro cualquiera

Acabo de llegar a mi piso. He ordenado mi ropa en el armario. Estoy cansada, así que me envuelvo en una manta y me siento en mi sillón a escribir. Mientras escucho a Madeleine Peyroux y veo cómo la tenue luz de las velas que encendí al llegar se proyecta en la pared y me enseña el baile tímido y armónico de la llama que se consume, medito.

El día es gris y puedo sentir la fría brisa del mar sólo con mirar por la ventana. Hoy Cádiz es incómoda, los coches atascan la gran avenida y las bocinas, que se oyen desde mi calle, me recuerdan las pocas horas que faltan ya para que sea lunes y que, igual que cada mañana, el tráfico inunde, como un tsunami, las calles de esta ciudad. Las gotas de lluvia chocan contra el cristal de mi ventana y mueren en el acto, son como kamikaces que se secan con el viento, efímeras...

Hoy es un domingo cualquiera... pero nos empeñamos en pensar que algo lo hará diferente. Nos hemos cansado de estar en la misma posición. Es como si de estar tanto tiempo sentados con las piernas cruzadas, una encima de la otra, se nos hubiera dormido una de ellas y necesariamente quisiésemos cambiar de postura para aliviar el malestar que nos ha producido estar tanto tiempo con la misma. Curiosamente cuando pase un tiempo volveremos a sentir lo mismo de la nueva...

No creo que hoy cambie nada. Seguiremos teniendo las mismas inquietudes y problemas y seguirá habiendo  gente que no tenga ya nada que perder...

9 jul 2011

Woody Allen

Hace tiempo que comencé a interesarme por los trabajos de Allen. Para ser totalmente sincera, he de decir que nunca me atrajo su cine y mucho menos los personajes que él interpretaba, todos tan lunáticos, inseguros, excéntricos, neuróticos... me transmitían siempre la misma sensación, en todas y cada una de sus películas. 

Un día no muy lejano decidí, por curiosidad, ver uno de sus largometrajes, Annie Hall. A partir de ahí dejé de rechazar cualquier plan en el que se me brindara la oportunidad de ver algo suyo. Tras varias experiencias delante de la pequeña pantalla, admití mi derrota. Decidí ir a ver al cine "Midnight in Paris" y aquí, comienza mi pequeña reflexión:

Midnight in Paris es el perfecto equilibrio entre fotografía, música y guión. Me gustó cada instante, cada escena, quizás también porque adoro la capital francesa y el film es 100% parisino. Lo bueno de las películas de Woody Allen es que la historia, puede ser verdaderamente cercana a tu experiencia, aunque narrada con un toque de humor ácido, incluso desde el absurdo, exagerada.

El protagonista de Midnight in Paris tenía una inquietud que yo comparto. La idea de que cualquier tiempo pasado fue mejor, a mí me trae de cabeza. Siempre pensé que debería haber nacido hace 70-60 años, cuando surgieron los personajes que hoy son una leyenda, un icono, una idea, desde escritores, directores de cine y actores, hasta pintores, fotógrafos, músicos y científicos... Todos a los que verdaderamente admiro, fueron contemporáneos de mis abuelos y bisabuelos. Sin embargo el presente me parece tan aburrido, tan tecnológico, tan poco romántico, que lo detesto a veces. En cuántas ocasiones me habré imaginado en EE.UU hace 50 años, en una manifestación hippie, o en París, sentada en un café, oyendo buena música, en la época en la que escribir cartas era, además de la única forma de comunicación a distancia, el método más íntimo y cuidado.

Nuestro presente es imperfecto. Todos los presentes lo son, según Woody Allen. Le doy la razón. Después de recapacitar me he dado cuenta de que si a mí me gustaría vivir en los años veinte parisinos porque mi presente me parece vacío, a una persona que naciera en esa misma década podría resultarle igual de aburrida que a mí la mía y desear pertenecer a otra época pasada de la que admirase algo en concreto, como yo admiro la música o a los artistas de aquellos años. Porque, quizás solamente uno de los quince artistas que hoy son reconocidos como los padres del impresionismo o del surrealismo, entonces disfrutaban de su fama, los demás no eran más que excéntricos solitarios, a veces seguidos por una minoría que los admiraba. Puede que si yo me trasladara al pasado, tras un periodo de tiempo me pareciera vulgar todo lo que antes me era idílico. Al fin y al cabo, ser contemporáneo de Degas, Toulouse-Lautrec, Gouguin... a nadie le supuso una experiencia extraordinaria. Porque algo positivo que tiene el paso del tiempo es que se valora a las personas con perspectiva. Cuando Toulouse-Lautrec estaba en el Moulin Rouge haciendo los bocetos que se convertirían en obras maestras (cuyo valor hoy es incalculable), no era un personaje universal, era un artista más.

¿Ello quiere decir que habrá personas dentro de 50 años que deseen vivir las circunstancias que me han tocado vivir a mí? Seguramente sí, cuando cuente a mis nietos que oí en directo a Bob Dylan, que los Rolling Stones seguían celebrando conciertos cuando tenía veinte años, que viví el 15-M y una de las crisis económicas más duras que han existido, que me manifesté contra la guerra, que ví por la tele el funeral de Michael Jackson o el de Pavarotti, que ví a Antonio Gala, que leí a Saramago cuando aún vivía, que hubo dos grandes tsumais y una alerta de catástrofe nuclear... que me acabó gustando Woody Allen con una de sus ¿últimas? películas...

16 jun 2011

¿Los sueños, sueños son?

Soñar continúa hoy siendo un misterio, un terreno desconocido, lejano y recóndito, una "experiencia" que nos traslada a lugares imaginarios en los que nuestra realidad se exagera y se crea un mundo análogo en el que disfrutamos del libre albedrío y podemos tomar decisiones sin que nada ni nadie nos influya. Es nuestro mundo. En nuestros sueños todo está permitido, incluso lo que no sabemos que puede existir (seres extraños, lugares imposibles, situaciones políticamente incorrectas...) En el sueño se pueden manifestar deseos ocultos, y al despertarnos, una vez conscientes y con buen juicio, si hemos conseguido recordar, es posible que nuestra moral se comprometa y pasemos un día intentando descubrir qué ha sido lo que nos ha hecho tener que soñar algo que está tan lejos de la realidad y de todo lo que sentimos.

¿Pero y si lo que soñamos es lo que somos y nada más? Es decir, si nuestro cerebro cuando dormimos (en concreto la fase REM, en la que tiene lugar la actividad onírica) se libera de las influencias que ejercen sobre nosotros la sociedad y la moral que nosotros mismos nos imponemos, solamente nos queda un pensamiento primitivo asociado a un contexto, nuestra vida, nuestra realidad. ¿Podemos estar viviendo al soñar, todo aquello que haríamos si no fuésemos conscientes de que existen unas "reglas"? Si lo único que le queda a nuestro subconsciente (nuestro cerebro parcialmente desconectado de aquellas áreas que nos hacen razonar y actuar moderadamente) es un fino hilo que lo une a los recuerdos sobre nuestro día a día, entonces soñar sería nuestra vía de escape para poder sentir, hacer y decir todo aquello que nuestra ética no nos permite hacer cuando estamos despiertos.

Puede que la educación, cultura, sociedad, historia... estén anulando nuestra percepción de la vida y que nos estemos convirtiendo en seres reprimidos cuya única escapatoria sea soñar. 

Quizás debamos pensar que es al abrir los ojos cada mañana cuando empezamos a vivir una ilusión. Puede que soñando sea la única ocasión en la que somos nosotros mismos... y eso da tanto miedo...

" (...)

¿Qué es la vida? Un frenesí.
¿Qué es la vida? Una ilusión,
una sombra, una ficción,
y el mayor bien es pequeño:
que toda la vida es sueño,
y los sueños, sueños son."
 


Calderón de la Barca.



12 abr 2011

Lección nº 1: Comprensión oral

Las reflexiones sobre ciertos temas ya están muy quemadas: Todo el mundo sabe que hablar con alguien, muchas veces es la mejor forma de quedarse a gusto, de desahogarse. Sin embargo no dejo de preguntarme hasta qué punto, el hecho de que nos escuchen, es determinante para nuestra salud (¡ojo!: tanto emocional como física, ya que ambas están íntimamente relacionadas).

Nos encontramos en una época complicada. Hemos pasado de la abundancia y el derroche a la escasez y la austeridad en menos que canta un gallo, y eso repercute en nuestra salud mental. En tiempos de crisis la ansiedad (concepto que veo completamente erróneo, ya que tener ansiedad es sentir inquietud por algo, el término adecuado, pues, sería la angustia, que podría derivar en histeria), es la respuesta lógica ante la adversidad. El ejemplo más claro y evidente de adversidad (y el que más desesperación genera) hoy, es el desempleo

Suelo analizar el comportamiento de las personas con respecto a algunas circunstancias, me resulta interesante observar a la gente, captar la esencia de sus sentimientos, intentar comprenderlos, buscarles sentido... 

La profesión que elegí la elegí, por encima de todo, por pura moral. Mi razonamiento fue siempre el mismo: "soy una privilegiada, voy a devolverle el favor al mundo ayudando a los demás". Hasta hace dos semanas no sabía que lo de "ayudar a los demás" sería tan literal, porque el buen médico no solamente sana cuando puede, sino que (y aquí viene el "quiz" de la cuestión) escucha al que está sentado frente a él como si de un hijo se tratase, con la misma empatía, con el mismo interés. Hace dos semanas que empecé a hacer mis prácticas clínicas en un centro de salud y ha sido una de las experiencias más enriquecedoras de toda mi vida, no solo me he sentido un "poquito más médico", sino que me he dado cuenta de que el médico que escucha atentamente, cura en un 80% a su paciente.

Todos hemos pasado alguna vez por una situación difícil y todos hemos sentido la necesidad de compartirlo con alguien. Si no se tiene a nadie, se busca. Siempre recordaré a una señora mayor que esperaba el autobús conmigo. Comenzó preguntándome la hora y acabó hablándome de sus hijos, a lo que se dedicaba cada uno, cuántos nietos tenía, cómo eran, cuánto la visitaban, cómo se sentía ella... me contó muchas cosas... Si yo le hubiese dicho la hora sin mirarle a la cara y con voz seria, posiblemente aquella mujer habría seguido en silencio, hubiese entrado  en el autobús sola y seguiría mirando a través de la ventanilla sola, pensando en sus cosas. Pero le dije la hora con una sonrisa y solamente hizo falta eso para que ella misma creara un lazo de confianza y afecto con una desconocida (por necesidad). Yo agradecí que me contase todas esas historias que me hicieron pasar un buen rato y ella me agradeció, seguro, que me prestara a hacerlo.

Después te das cuenta cuando entra alguien en la consulta (sea joven o mayor), quejándose, con mil dolores, sin ganas de nada (como dicen los ancianitos, por los que por cierto, siento debilidad) de que, quizás cinco minutos no (lo impuesto por el Ministerio de Sanidad al que aprovecho para dar las gracias por su comprensión y su lógica aplastante, se nota que el que está arriba es político y no profesional de la salud, no digo más...), pero sí diez escuchando son suficientes para que una persona salga de la consulta sin dolor, o al menos, mucho más aliviada.

Una mente triste es lo más perjudicial del mundo. Cuando ésta se trata, el cuerpo mejora. Aparentemente, parece una reflexión poco profunda... pero antes de emitir un juicio final... debería ponerse en práctica el tratamiento de la "comprensión oral".

9 ene 2011

Redes Sociales y Otros Vicios

La comunicación tan extraordinaria que existe en nuestros días, hace cosa de un siglo o dos, solamente podía ocurrírsele a una mente privilegiada como por ejemplo, la de Julio Verne que ya pudo adelantar en forma de novela de aventuras (hoy muy realista) los viajes al centro de la Tierra o durante veinte mil leguas por debajo de la superficie marina.

Fantasía que hoy nos desborda de realismo: la telefonía móvil, las pantallas táctiles, sonido mp3, blu-ray, Internet (mensajería instantánea, videoconferencias y, por supuesto, las redes sociales). A veces más que sernos útil nos vigila tan de cerca que nos ahoga. Soy de las que piensa que tanta comunicación sobra, que nos tenemos tan cerca que nunca sentimos añoranza, si me aburro entro en el tuenti, en el facebook, twitter, hi5, myspace, messenger... (podría seguir), miro unas veinte fotos de la prima del que conocí la otra noche que es amigo de mi compañero de clase y así me entretengo durante media hora, observando a personas que no he visto en mi vida, juzgando cómo posan, cómo se visten, cómo se lo pasan, lo feos que me parecen, qué y cuándo hacen lo que sea. Cuando termino, siempre puedo enviarle a fulanito un mensaje instantáneo sobre lo que acabo de ver y también aprovecho para contarle cualquier cosa que se me pase por la cabeza, sea útil o no. A pesar de vernos todos los días varias horas, es más fácil contactar con el que esa a través de tuenti. En persona me cuesta abrirme, así que mi teclado y mis dedos se abren por mí.

Es curioso, cuanto más usen una red social para comunicarse dos personas que se ven a diario, menos hablan entre ellas cuando se ven cara a cara. ¿Se agotan los temas de conversación? ¿Ya se ha dicho todo? ¿Se pierde la ilusión? ¿Todas son correctas?

Hace poco leí que los datos que se le facilitan a un sitio web (nombre, apellido, provincia, correo electrónico, incluso imágenes propias o ajenas) perduran en el espacio internauta durante treinta años. Ello quiere decir que a la imagen que usé en tiempos lejanos para mi "principal" en tuenti hace dos años, todavía le quedan casi tres décadas para extinguirse. La infomación que dí entonces es huérfana y no hay forma de recuperarla y luchar porque no se difunda, es propiedad de tuenti...

El atractivo que tiene una red social es claro: entretiene observar la vida de los demás (más si no se tiene vida propia), engrandece criticar la imagen de alguien (lo cual, paradógicamente, no te hace más grande), pero mejor es poder presumir de lo bien que me lo paso y lo felíz que soy como si de un escaparate se tratase, es apasionante observar cómo cada vez ponen más y más publicidad en las páginas de las redes sociales, especialmente las más infantiles (tuenti)... en fin... ¡es enriquecedor!

Las redes sociales se convierten en un vicio, son adictivas. Estás atendiendo como buenamente puedes al señor que da la clase. Estás soñoliento, aburrido, cansado... y sin más, suena la melodía del chat de tuenti en mitad de la clase. Lógicamente el profesor no se da cuenta, el resto del aula sí. Es ahí cuando me pregunto si pensar que ir a clase a las ocho de la mañana (que implica despertarse a las seis y media) para conectarse al tuenti en vez de atender es, francamente, una gilipollez, es o no, solo cosa mía. La cantidad de personas inteligentes que conozco que usan las redes sociales, dicen que es muy útil como medio de comunicación con las personas más lejanas que no pueden localizar de otra forma... Hoy quiero dejar bien claro que yo también tengo vida social, que no tengo ni tuenti, ni facebook, ni nada que se le parezca a parte de este medio por el que escribo, y que me comunico total, rápida y claramente con quien quiero, sea cercano o lejano. El correo postal, el electrónico, el teléfono... Yes, We Can.

Otro vicio es el tabaco, por fin "prohibido" en España. Nunca entenderé qué ve la gente joven en fumarse un cigarrillo. Quizás sea el subidón de adrenalina cuando se le da la primera calada a sabiendas de que es malo. A escondidas todo sabe mejor, pero el humo, siempre será humo, el mismo que sale de las chimeneas indrustriales, el mismo que expulsan los tubos de escape, el mismo que huye de las llamas en una hoguera...

La necesidad de encender un pitillo para darle una calada y sentir cómo baja el humo por la tráquea o de entrar en facebook para ver cuántas peticiones de amistad se tienen ese día como si de una competición se tratase, tiene el mismo nombre: Vicio. El vicio es un hábito perjucicial y cualquier costumbre que se convierta en adicción, elimina por completo cualquier atisbo de libertad. Sin libertad, no se tiene elección.

30 dic 2010

La Cruda Navidad


Cuando cenamos con la familia en Navidad siempre se nos pasa por la cabeza el gran trabajo que ha supuesto comprar los alimenos, cocinarlos, prepararlos, servirlos, la decoración de la mesa... pensamos también en lo felices que somos por tener todo, o casi todo, lo que queremos: familia, salud, amor, cariño y porqué no, algo de dinero. Pocas personas recuerdan entonces que existe alguien en alguna parte que sufre, que tiene hambre, que está solo y que por supuesto, no recibirá ningún regalo.

Constituyen la parte oscura de la Navidad: los desfavorecidos, los que sufren la soledad, los hambrientos, los no queridos, los enfermos, los viudos, huérfanos... Ellos existen, y por ello quiero dedicar esta entrada a su recuerdo, porque soy la primera que a veces lo olvida, porque ellos merecen una verdadera Navidad más que nadie y durante los 365 dís del año.

Nunca me ha gustado la Navidad. Lo cierto es que me esfuerzo para que no sea así, intento mirar el lado positivo de esta fiesta tan luminosa, tan cercana, entusisasta, cálida... pero cuando me adentro en el espíritu navideño e intento escudriñarlo al máximo lo único que obtengo son las palabras materialismo y teatro y un buen motivo para estar con las dos personas que no veo entre semana, mis padres.

Es difícil creer en el espíritu navideño si te bombardean a spots publicitarios las 24 horas del día, si vas a una juguetería y oyes a una niña de siete años chillarle al padre porque no quiere compartir un juguete con su hermano, si ves a gente pedir en la calle mientras compras, si ves a borrachos salir de una zambomba...

Me quedo con el frío y una manta, con el turrón y un vaso de leche, con las luces y el suelo mojado, me quedo con el recuerdo amargo de que hay quien no puede disfrutar de esas pequeñas cosas...

Próspero Año Nuevo.

5 dic 2010

Disney


Cuando nos sentimos mal, nada ni nadie excepto un héroe Disney suele animarnos... Peter Pan (su autor padecía el síndrome que le da nombre al famoso cuento, se hizo adulto demasiado temprano y reclamó su infancia a través de la literatura) es del que hablaré hoy.

Los sueños de la infancia se frustran en ciertas ocasiones: cuando se "crece" drástica y antinaturalmente (un divorcio, una muerte, una enfermedad, un traslado...), cuando a un niño le exigen demasiado (ser el mejor estudiante, ser el más bueno, el más guapo), etc. Ello puede ocasionar, en el primer caso, una madurez anticipada que conllevará un exceso de responsabilidad y de sentimiento de culpa en todo lo que le rodee. En el segundo caso, el individuo puede llegar a ser alguien de éxito, pero puede convertirse más fácilmente en una persona frustrada y sin metas en la vida. Al no estar acostumbrado al fracaso, puede ser fatal que pierda en algo.

Los "Peter Pan" son muy vulnerables, aunque parezca lo contrario. Que tengan una gran coraza es únicamente el resultado de ser como son, pero como dice el sabio Refranero español, "La procesión va por dentro". Es raro de explicar, porque me da la sensación de que la fortleza espiritual de la que presumen para cuidar de los demás, es la misma de la que carecen para consigo mismos, como si de una madre se tratase. Yo soy Peter Pan. Hago propio cualquier atisbo de culpabilidad que genere algo que, en principio, debería ser ajeno a mí. Me preocupo más por los sentimientos de los demás que por los míos propios y animo y atiendo a todo el que se sienta triste con más ahínco que su propia madre.

No puedo dejar de preguntarme: ¿A caso ser así beneficia realmente a alguien?

Hace tiempo conocí a una "Peter Pan". Fuerte y dulce, sin nada más que su cabecita loca y su risa pegadiza. Personas como ella aportan luz a quien se encuentra perdido en un camino oscuro, porque saben cómo mirar y hablar a quien lo necesita. He llegado a la conclución, con el tiempo, de que es por su intensa experiencia en su corta vida. Saben tanto... y aman con tanto empeño... Pero nunca lo reconocerán, quizás forme parte de su don, el de sentirse nadie cuando lo son todo...

Peter Pan es el que nunca fue niño del todo y el que más paz e ilusión reparte en el mundo adulto. Parece que beneficia mucho más al que se ve apurado y es cercano al personaje que a él mismo, pero no tiene porqué ser así. Puede que todos salgan ganando, al fin y al cabo alguien debe hacer reír a los demás en los momentos tristes y debe aconsejar a los indecisos. Quizás sea hora de entender qué lugar ocupamos en el mundo. Quizás deberíamos plantearnos la importacia que tenemos en la vida de los demás antes de pensar que estamos perdiendo el tiempo, que solo somos aquella niña de tirabuzones negros...

20 nov 2010

Tomar decisiones


Una vez alguien me dijo que el ser humano es el único animal libre. Además de tener consciencia de nuestra propia muerte, lo cual nos capacita para apreciar cada momento de nuestra vida, también tenemos elección para todo.

Elegir. ¿A caso un león puede elegir no matar por despecho, por la lástima que le inspira ese pobre búfalo y así morirse de hambre? El león cazará mientras su salud se lo permita porque lo dice su instinto y eso es inamovible. Es prisionero de su código genético. Debe lealtad absoluta a lo que venga escrito en sus genes, por ello si siente hambre come, si siente sed bebe, si siente sueño duerme, se lava, se reproduce... desaparece.

Tener que tomar decisiones, nos hace independientes. Es constante, lo hacemos sin darnos cuenta, casi como la extensión de nuestro pensamiento. Cuando tecleo, elijo sin pensar a penas más de un segundo qué palabra de entre todos los sinónimos que definen el mismo término, voy a escribir. Cuando camino, elijo sin pensar más de una décima de segundo cuándo voy a cruzar, si cambio mi dirección, si salgo corriendo, si grito, si salto, si lloro, si canto... es mi decisión.

Elegir nos hace libres. Pero ¿cuándo una decisión se convierte en cadena perpetua?

Es obvio que las decisiones que tomamos pueden ser las adecuadas o de lo contrario un fracaso. La opción que nos beneficie (instinto de autoconservación) si en ese momento nos implica exclusivamente, será la decisión correcta. Cuando incumbe a alguien más, la cosa se complica y entran en juego numerosas pautas de comportamiento (razonamientos condicionados por barreras morales, culturales, sociales, ideológicas, políticamente correctas, etc) que regirán el arduo camino hacia el desenlace supuestamente idóneo. He ahí la paradoja, ¿qué fue del instinto de autoconservación? comer cuando se tiene hambre, beber cuando se tiene sed... Hemos llegado al límite. A veces tomamos decisiones que nos perjudican , y aunque sean las correctas por lógica aplastante, somos víctimas a manos de nosotros mismos, somos esclavos de nuestra propia moral y ética. La libertad de la que gozamos siendo "la especie elegida", es una traicionera.

Somos tan libres cuando decidimos, como desdichados. Porque como también alguien me dijo en cierta ocasión, la libertad no hace al hombre felíz.



Pd: Susanita, gracias por animarme tanto...