20 nov 2011

Un domingo electoral, como otro cualquiera

Acabo de llegar a mi piso. He ordenado mi ropa en el armario. Estoy cansada, así que me envuelvo en una manta y me siento en mi sillón a escribir. Mientras escucho a Madeleine Peyroux y veo cómo la tenue luz de las velas que encendí al llegar se proyecta en la pared y me enseña el baile tímido y armónico de la llama que se consume, medito.

El día es gris y puedo sentir la fría brisa del mar sólo con mirar por la ventana. Hoy Cádiz es incómoda, los coches atascan la gran avenida y las bocinas, que se oyen desde mi calle, me recuerdan las pocas horas que faltan ya para que sea lunes y que, igual que cada mañana, el tráfico inunde, como un tsunami, las calles de esta ciudad. Las gotas de lluvia chocan contra el cristal de mi ventana y mueren en el acto, son como kamikaces que se secan con el viento, efímeras...

Hoy es un domingo cualquiera... pero nos empeñamos en pensar que algo lo hará diferente. Nos hemos cansado de estar en la misma posición. Es como si de estar tanto tiempo sentados con las piernas cruzadas, una encima de la otra, se nos hubiera dormido una de ellas y necesariamente quisiésemos cambiar de postura para aliviar el malestar que nos ha producido estar tanto tiempo con la misma. Curiosamente cuando pase un tiempo volveremos a sentir lo mismo de la nueva...

No creo que hoy cambie nada. Seguiremos teniendo las mismas inquietudes y problemas y seguirá habiendo  gente que no tenga ya nada que perder...

2 sept 2011

¡Vuela!

Mi pensamiento vuela libre, sosegado, sin miedo a extinguirse.

Pero cuando se le prohíbe volar, mi mente se transforma en una rapaz rabiosa por encontrar una presa, hábil y fuerte. Entonces provoca una gran tormenta y, furiosa, intenta salir de su celda con rabia y gran majestuosidad... 

... Es entonces, cuando está retenida, cuando quiere volar con ansia... es entonces cuando las mejores ideas llegan como un gran regalo.

29 jul 2011

Paseos nocturnos y rincones jerezanos

La suave brisa fresca de la madrugada veraniega me hace cerrar los ojos y respirar hondo. Huele a cloro, a "aftersun", al silencio nocturno quebrado por niños jugando entre semana, a césped recién regado y a grillos sonando...

Solía pasear de noche por las estrechas calles del pueblo de mis padres, en Córdoba, cuando era una niña. Allí la calma y el sosiego eran, a veces, siniestros acompañantes en los callejones oscuros y más apartados del centro. Mis primos, mi hermano, mi tía y yo salíamos a la aventura cada madrugada con nuestras linternas y recorríamos medio pueblo, con sus calles empinadas y su cielo estrellado, mientras contábamos historias de miedo...

El buen recuerdo que guardo de todo aquello me tienta cada atardecer de este maravilloso verano y no me resisto, salgo a pasear.

Quiero perderme, decidir qué calle tomar justo cuando llegue al cruce y no pensar, tan solo dejarme llevar por el instinto. Así he recorrido Jerez estos últimos días y mi asombro crece exponencialmente cuando me doy cuenta de que vivo rodeada de callejones tortuosos, con a penas un farol que ilumina débilmente el camino y todo en completo silencio.

¿Dónde estoy?

Llegar a una plazoleta en la que una niña juega con su cachorro, admirar el estilo de la iglesia que le da nombre a ese rincón olvidado, encontrar a un pobre gato color ladrillo vagando por la calle y que se una a mi aventura, ver las casas abiertas y las ancianas en la puerta, mirar con miedo a través de los grandes ventanales jerezanos con los cristales rotos de casas centenarias que atrás dejaron sus días de gloria, subir la mirada unos segundos y encontrar sin quererlo la catedral a lo lejos iluminada, entender paulatinamente en qué punto me encuentro al llegar a un lugar que me resulte familiar...

Es muy satisfactorio saber que queda mucho de pueblo aquí y más aún encontrar esos rincones tan pintorescos y, a veces perdidos, por casualidad cuando camino sin rumbo.