29 jul. 2011

Paseos nocturnos y rincones jerezanos

La suave brisa fresca de la madrugada veraniega me hace cerrar los ojos y respirar hondo. Huele a cloro, a "aftersun", al silencio nocturno quebrado por niños jugando entre semana, a césped recién regado y a grillos sonando...

Solía pasear de noche por las estrechas calles del pueblo de mis padres, en Córdoba, cuando era una niña. Allí la calma y el sosiego eran, a veces, siniestros acompañantes en los callejones oscuros y más apartados del centro. Mis primos, mi hermano, mi tía y yo salíamos a la aventura cada madrugada con nuestras linternas y recorríamos medio pueblo, con sus calles empinadas y su cielo estrellado, mientras contábamos historias de miedo...

El buen recuerdo que guardo de todo aquello me tienta cada atardecer de este maravilloso verano y no me resisto, salgo a pasear.

Quiero perderme, decidir qué calle tomar justo cuando llegue al cruce y no pensar, tan solo dejarme llevar por el instinto. Así he recorrido Jerez estos últimos días y mi asombro crece exponencialmente cuando me doy cuenta de que vivo rodeada de callejones tortuosos, con a penas un farol que ilumina débilmente el camino y todo en completo silencio.

¿Dónde estoy?

Llegar a una plazoleta en la que una niña juega con su cachorro, admirar el estilo de la iglesia que le da nombre a ese rincón olvidado, encontrar a un pobre gato color ladrillo vagando por la calle y que se una a mi aventura, ver las casas abiertas y las ancianas en la puerta, mirar con miedo a través de los grandes ventanales jerezanos con los cristales rotos de casas centenarias que atrás dejaron sus días de gloria, subir la mirada unos segundos y encontrar sin quererlo la catedral a lo lejos iluminada, entender paulatinamente en qué punto me encuentro al llegar a un lugar que me resulte familiar...

Es muy satisfactorio saber que queda mucho de pueblo aquí y más aún encontrar esos rincones tan pintorescos y, a veces perdidos, por casualidad cuando camino sin rumbo.

9 jul. 2011

Woody Allen

Hace tiempo que comencé a interesarme por los trabajos de Allen. Para ser totalmente sincera, he de decir que nunca me atrajo su cine y mucho menos los personajes que él interpretaba, todos tan lunáticos, inseguros, excéntricos, neuróticos... me transmitían siempre la misma sensación, en todas y cada una de sus películas. 

Un día no muy lejano decidí, por curiosidad, ver uno de sus largometrajes, Annie Hall. A partir de ahí dejé de rechazar cualquier plan en el que se me brindara la oportunidad de ver algo suyo. Tras varias experiencias delante de la pequeña pantalla, admití mi derrota. Decidí ir a ver al cine "Midnight in Paris" y aquí, comienza mi pequeña reflexión:

Midnight in Paris es el perfecto equilibrio entre fotografía, música y guión. Me gustó cada instante, cada escena, quizás también porque adoro la capital francesa y el film es 100% parisino. Lo bueno de las películas de Woody Allen es que la historia, puede ser verdaderamente cercana a tu experiencia, aunque narrada con un toque de humor ácido, incluso desde el absurdo, exagerada.

El protagonista de Midnight in Paris tenía una inquietud que yo comparto. La idea de que cualquier tiempo pasado fue mejor, a mí me trae de cabeza. Siempre pensé que debería haber nacido hace 70-60 años, cuando surgieron los personajes que hoy son una leyenda, un icono, una idea, desde escritores, directores de cine y actores, hasta pintores, fotógrafos, músicos y científicos... Todos a los que verdaderamente admiro, fueron contemporáneos de mis abuelos y bisabuelos. Sin embargo el presente me parece tan aburrido, tan tecnológico, tan poco romántico, que lo detesto a veces. En cuántas ocasiones me habré imaginado en EE.UU hace 50 años, en una manifestación hippie, o en París, sentada en un café, oyendo buena música, en la época en la que escribir cartas era, además de la única forma de comunicación a distancia, el método más íntimo y cuidado.

Nuestro presente es imperfecto. Todos los presentes lo son, según Woody Allen. Le doy la razón. Después de recapacitar me he dado cuenta de que si a mí me gustaría vivir en los años veinte parisinos porque mi presente me parece vacío, a una persona que naciera en esa misma década podría resultarle igual de aburrida que a mí la mía y desear pertenecer a otra época pasada de la que admirase algo en concreto, como yo admiro la música o a los artistas de aquellos años. Porque, quizás solamente uno de los quince artistas que hoy son reconocidos como los padres del impresionismo o del surrealismo, entonces disfrutaban de su fama, los demás no eran más que excéntricos solitarios, a veces seguidos por una minoría que los admiraba. Puede que si yo me trasladara al pasado, tras un periodo de tiempo me pareciera vulgar todo lo que antes me era idílico. Al fin y al cabo, ser contemporáneo de Degas, Toulouse-Lautrec, Gouguin... a nadie le supuso una experiencia extraordinaria. Porque algo positivo que tiene el paso del tiempo es que se valora a las personas con perspectiva. Cuando Toulouse-Lautrec estaba en el Moulin Rouge haciendo los bocetos que se convertirían en obras maestras (cuyo valor hoy es incalculable), no era un personaje universal, era un artista más.

¿Ello quiere decir que habrá personas dentro de 50 años que deseen vivir las circunstancias que me han tocado vivir a mí? Seguramente sí, cuando cuente a mis nietos que oí en directo a Bob Dylan, que los Rolling Stones seguían celebrando conciertos cuando tenía veinte años, que viví el 15-M y una de las crisis económicas más duras que han existido, que me manifesté contra la guerra, que ví por la tele el funeral de Michael Jackson o el de Pavarotti, que ví a Antonio Gala, que leí a Saramago cuando aún vivía, que hubo dos grandes tsumais y una alerta de catástrofe nuclear... que me acabó gustando Woody Allen con una de sus ¿últimas? películas...