21 dic. 2012

Navidad vacía


Otro año más, llega la Navidad. Tan fría como siempre.

No me interpretes mal, no es pesimismo y tampoco soy una persona tremendista (para eso ya están los que interpretan los calendarios Mayas), pero en Navidad no puedo evitar cuestionarme la trayectoria que he tomado a lo largo del año y hacer un resumen mental de todas las veces que me he equivocado. No puedo evitar recordar que soy un año menos inocente y que todos los que me rodean, también envejecen. No puedo evitar culparme de lo injusto que es el mundo y de no poder hacer absolutamente nada para cambiarlo todo y encontrar alguna solución para el egoísmo congénito que sufre la especie humana. No puedo evitar pensar en la cantidad de gente que se reúne por primera y última vez en el año fingiendo y aparentando llevarse bien, intercambiando cuatro frases superficiales y brindando cien veces con palabras vacías. No puedo evitar caer en la cuenta de la cantidad de engaños comerciales que nos acosan a diario, de la cantidad de negocios que se nutren a base de la ilusión de los más pequeños y el materialismo en su estado más puro. El derroche, la soledad, la incertidumbre, la hipocresía, la pérdida de valores, todo y mucho más, me producen un profundo malestar que me trastorna, que me hace no disfrutar. 

Supongo que la primera vez que me di cuenta de lo falsa que era esta fiesta, fue cuando me enteré de la mayor mentira contada por los padres desde el principio de los tiempos y que causa uno de los traumas que, desde mi punto de vista, hace que una parte de ti deje de ser un inocente niño y se convierta un adulto embustero. "Te hemos hecho creer que existían desde que naciste para que tuvieras ilusión y la Navidad fuera una fiesta mágica y divertida", decían, pero yo, con ocho años me prometí que no sometería a nadie a semejante estafa y que a mi me hubiera bastado con la ilusión de abrir el obsequio que me hacían mis padres con cariño por ser yo y no un regalo que tres señores mayores que no me conocían de nada, me dejaban debajo del árbol de plástico después de beberse y comerse la leche y las galletas que dejábamos mis padres y yo delicadamente sobre la mesa, como todos los niños del mundo, siendo una niña más en su cadena de montaje y entrega.

Así que no debe extrañarnos tanto que la Navidad sea una farsa, al fin y al cabo, la alimentamos nosotros y nos encargamos de enseñar a los niños a que perdure.


La familia. Me hace gracia recordar las reuniones familiares en Navidad. Allí nos juntábamos todos los primos y hacíamos trastadas y nos portábamos fatal, era divertido. Sin embargo, con la perspectiva de los años te das cuenta de que las reuniones familiares felices y entusiastas, en realidad, no lo eran. Para mi la excusa de que acaba el año o que en un momento dado se estableció una fecha en concreto como la definitiva en la que nació Jesús y hay que celebrarlo, no es suficiente motivo como para tragarme al cuñado pesado, el tío prepotente, la hermana envidiosa, el primo reprimido y el sobrino hiperactivo. La familia es algo que no se elige, viene impuesto, y encima de ello no quiero verme obligada a pasar mis vacaciones aguantando a nadie con quien no quiera estar y pasándolo mal. Si alguien te importa, intentas tener cualquier contacto día a día, no para ir a cenar una noche al año.


¿Por qué hay que seguir miles de rituales populares y supersticiosos cada vez que dan las 00:00 de todos los 31 de diciembre? Me parecen tradiciones absurdas. El tiempo es un invento del hombre, incluso no todos los calendarios actuales terminan ese día, ni van por el mismo año, ni por el mismo siglo ¿qué más me da que el reloj pase a marcar otra vez las 00:01 del 1 de enero o del 14 de febrero? ¿A caso alguien ha notado alguna vez la diferencia entre el 31 de diciembre y el 1 de enero, salvando la resaca?

Todo mentira.

Tengo sueño, mañana tengo tres horas de psiquiatría, intentaré indagar en la mente absurda del ser humano, aunque quizás en el intento me quede frita.

Feliz Navidad y Próspero Año.

4 nov. 2012

Carta a RTVE


Soy estudiante de cuarto de Medicina en la universidad de Cádiz. No me considero una persona especialmente escrupulosa y he pasado horas en quirófano oliendo a heces putrefactas como consecuencia de una obstrucción intestinal grave de varios días de evolución y me tocará soportar muchas cosas más (y quizás peores) en mi profesión.

Hoy, domingo, en el informativo de la hora de comer, el que más familias ven, han emitido un reportaje largo y completo sobre los cadáveres que se encuentran sin documentación que no pueden ser identificados y que nadie reclama. Todo parecía ser un reportaje normal, meramente divulgativo y anecdótico hasta que han comenzado a aparecer fotografías de personas fallecidas (no cuerpos sin vida, sino PERSONAS, con madre y padre, al menos), individuos ahogados, descompuestos, entumecidos, ensangrentados...

La primera pregunta que se me vino a la cabeza tras cambiar el canal (no por asco sino por indignación) fue quién demonios ha permitido que esas imágenes se hagan públicas y totalmente notorias en la primera cadena de televisión, ya que, por ley, tendría que haber un secreto profesional entre el médico forense y el paciente (sí, el fallecido).

La siguiente pregunta que no pude evitar hacerme fue qué sentido tiene hablar sobre los cadáveres que nadie reclama en un informativo si lo que importa es que la familia o amigos del cadáver lo reconozcan a través del instituto anatómico forense o la policía y no a través de la tele (me ha sonado al más macabro de los programas estilo “Diario de Patricia”).

Y ya que a alguien sí le ha parecido buena idea hablar sobre el tema, ¿no se ha dado cuenta de que TODA LA INFORMACIÓN QUE HAN DADO podría haberse entendido igualmente sin esas imágenes tan traumáticas, crudas y desgarradoramente frías?

¿Dónde dejaron la empatía?

¿Es que es necesario tanto morbo para atraer a la gente? Ya no es cuestión solamente de herir o no la sensibilidad de un “sensiblón” o “sensiblona”, están jugando con la educación de las personas, están enseñando que los pies asomando por debajo de una sábana blanca en el suelo de una calle destrozada por una guerra, o  los charcos de sangre en los portales de las casas donde hubo violencia de género, los mutilados o niños muertos de hambre, son tan normales como “el llover”. La gente se está acostumbrando a ver todo tipo de  atrocidades y está dejando de tener sentido. Ya nadie se asusta. Ya nadie siente empatía.

Las verdades hay que decirlas (aunque la verdad que se cuenta en televisión ya ni es verdad ni es nada), no hablo de censura, pero creo que es importante proteger la sensibilidad. Es la sensibilidad la que promueve el espíritu solidario de las personas, la que mantiene la ilusión viva, la que da imaginación y libertad de expresión y crítica.
Están ustedes convirtiendo a los niños y jóvenes (el futuro) en peleles violentos, grises, vacíos e insensibles. Están deshumanizando a la población. Sin humanidad no habrá nada que nos distinga de las bestias.

31 oct. 2012

Una bombilla fundida

En Cádiz existe un lugar recóndito desde donde la nada, heterogénea, vacía y hueca, toma forma y color.

 Una farola apagada es suficiente para que, al anochecer, se fundan el cielo y el océano y sean inseparables hasta que la luz del sol los descubra por la mañana. He intentado muchas veces mirar al horizonte y saber al instante dónde se acaba el mar y empieza el cielo, pero ambos son de un negro tan intenso que he de tomarme unos segundos antes de que una débil línea, casi imperceptible, fruto más mi imaginación que de la realidad, tímidamente rompa el nexo místico entre agua y aire. 

No son estrellas, sino barcos pesqueros, que en mitad de la madrugada húmeda y desafiante se intuyen a lo lejos, casi como los astros, pletóricos de protagonismo, que brillan allá arriba, con solo alzar la vista. Parecen reflejos...

Un sólo color, el más profundo y oscuro de todos, es capaz de crear un momento mágico que invita a usar los cinco sentidos: ese rincón del paseo marítimo donde tus ojos pueden ser tan confidentes como traidores; y tus oídos se hacen dueños del silencio roto por las olas; que sabe a vida; que huele a inmensidad; y que desborda fuerza y coraje.

Ese tramo olvidado en penumbra es una parada obligatoria las noches que salgo a correr en Cádiz. Allí no hace falta cerrar los ojos para pensar o soñar y al respirar hondo, el aire fresco y húmedo que inunda mis pulmones, me recuerda que no hace falta que despierte porque soy más consciente que nunca de que estoy viva. Allí mis problemas desaparecen y siempre me inspira el comienzo de algún poema o el tema de un bonito lienzo. Allí mi imaginación se apodera del momento y los colores que no he sabido apreciar durante el día, de pronto me vienen a la cabeza, como si intentaran dar luz a la escena.

Cada día, antes de pasar por ese misterioso lugar, cruzo los dedos para que a nadie en las últimas 48 horas se le ocurriera arreglar la farola, y así, yo pueda disfrutar de la imperfecta sincronía que me brinda una bombilla fundida.




21 sept. 2012

Cafeína y estupidez humana

Pasadas las doce de la noche, el hoy se convierte tímidamente en mañana. Hoy ya es ayer y todavía no he conseguido cerrar los ojos ni dos segundos. Me tumbé en la cama, acalorada, con la persiana levantada como cada madrugada, y aún sigo mirando al techo, intentando arrancarle el remedio para mi insomnio. El fresco viento que entra por la ventana sacude la puerta de mi habitación y ésta al agitarse produce un ruido incómodo que me provoca.... Enciendo el portátil...

Dos insípidas tazas de café del IKEA han tenido la culpa de que no esté ahora mismo soñando.

Llevo meses intentando escribir. Reconozco que lo he intentado poco, pero con todo no he sido capaz de pasar de tres frases "pseudoprofundas" a las que coronaba ingeniosamente con un título original o simpático. Pensé en escribir sobre la estupidez humana, y es lógico: no sé si soy yo pero cada día me doy cuenta de que la imbecilidad es una epidemia para la que no existe cura, y cada día hay más víctimas.

La crisis. Esa bonita trola que nos venden sobre que somos los únicos culpables de que el país se hunda y que nos arrastre a nosotros también empieza a retumbar en mi cabeza como el mítico, chillón e insoportable "politono" que SIEMPRE suena en el peor momento (un funeral, una consulta médica, el cine, un museo...). Me pregunto cómo no nos dimos cuenta antes de que la cantidad de ineptos-incultos-mafiosos que nos gobernaban acabaría provocando el cáncer que hoy nos consume, ¿cómo no lo vimos venir? ¿Tan agusto se estaba en la burbuja? Me pregunto cómo puede haber gente tan asquerosamente egoísta como para jugar al monopoly con las viviendas de gente que acaba en la calle y dejarlas vacías hasta que alguien las compre de nuevo... SÍ, VACÍAS. Me pregunto cómo puede permitirse la especulación y la consecuente subida estelar del interés por haber comprado deuda de un país, que significará el empobrecimiento de millones de personas y la esclavitud de una sociedad en deuda por décadas y décadas. Me pregunto cómo se pudo dar crédito a personas SIN NADA cuyos ingresos eran 3/4 partes dinero negro de la construcción/mecánica/fontanería que adquirían un Mercedes o un BMV a los veinte años (como premio, supongo, por haber dejado los estudios a los 16 y haber sido más listos que todos sus pringados compañeros que decidían "invertir" en su futuro estudiando una carrera) con vidas de lujo, que pedían un préstamo para pillarse una tele. Me pregunto cómo el gobierno Japonés ha dimitido por haber tenido que subir el IVA sin que hubiese estado previsto en el programa electoral y en este país de caquitas (sí, soy una señorita y no digo tacos) parece que encima tenemos que darle las gracias a los cuatro gilipollas por haberlo subido aun habiendo jurado y perjurado que no lo tocarían... 

Pero no hay dos sin tres, que somos recampeones de Europa, ¡eh!

La mala educación. Podría resumirlo en que el nivel de la enseñanza de ciencias en España está por debajo del de Camerún. Pero me gustaría extenderme un poco más, si a ti no te importa (y si no también, para eso es mi blog, leñe). No sé si alguien se ha fijado pero empiezo a darme cuenta de que a los concursos que ponen en la tele va gente "especial", ya sabes... Quizás la culpa original sea de los guionistas, que cada vez hacen preguntas más tontas, pero es que cada vez hay más gente que las falla y peor: que lo ve normal. Concursos que son auténticos shows espectaculares con magos, música, ruletas, luces, caídas, botones gigantes, trampillas... TODO ESO PARA QUE te pregunten para qué sirven las cejas y dudes entre para evitar que caiga el sudor a los ojos o que son de adorno, o que a la pregunta "fruta que comparte nombre con una provincia andaluza" se conteste NÍSPERO... País de catetos e incultos... ¿pero a quién queremos engañar? Ídolos nacionales como Belén Esteban o Kiko Matamoros han causado estragos en las mentes españolas. ¿Qué bueno puede surgir de programas de prensa rosa donde solamente se oyen voces y disparates y se ven tetas y culos durante horario infantil? Sálvame Deluxe... ¿Es que la gente no se da cuenta de lo patética que resulta su vida sentados delante de esa basura durante horas, día y noche? ¿Cómo puede haber gente capaz de tener ideas propias y capacidad de crítica si JAMÁS ha leído un libro (no cuentan los folletos de propaganda) o un periódico? Estamos anestesiados e insensibilizados. Los niños no sienten pena o empatía cuando ven a otro llorar, cuando hacen daño a alguien. Los niños están hartos de ver en las noticias a cadáveres ardiendo o restos de sangre en un atentado terrorista, o de ver películas o videojuegos en los que el protagonista (el bueno) tiene como misión cargarse a una docena de hombres. Los niños ya no distinguen el egoísmo de la solidaridad, y no quiero echarle toda la culpa a los medios porque los padres influyen muchísimo. Es mejor ponerle al niño una película cuando va en el coche para que esté entretenido y no moleste a mantener un diálogo con él o que simplemente se recree observando el paisaje y fomentando su curiosidad e imaginación. ¿Es que es normal el caso de la niña china, esa pequeña atropellada y agonizante observada e ignorada por los transeúntes durante días que acabó muerta? ¿Pero en qué clase de seres nos estamos convirtiendo? ¿Cómo hemos podido perder tantos valores?

Miro al techo. Respiro hondo y me digo "la estupidez humana es inmensa... tendré que hacer segunda parte".

Voy a dormir un poco, que mañana madrugo... puñetero café...




4 jul. 2012

Unos lo llaman fe

La voz de Freddie Mercury quebranta el silencio de la madrugada. Los vigorosos edificios de Cádiz duermen y sólo queda la luz amarilla y tenue de las farolas de mi barrio, a dos manzanas puedo ver el Hospital, insomne... La brisa fresca de esta cálida noche hace que inspire profundamente con los ojos bien abiertos y el vello de punta... los visillos se agitan tímidamente y su sinuosidad me adormece.

Me resisto a apagar el iPod y sucumbir al peso de mis párpados, no quiero dejar de oír su voz, significa tanto... Cuando algo va mal siempre tengo música de "emergencia". En realidad es una tontería, simplemente me acostumbré a escuchar ciertas canciones cuando me sentía mal por cualquier motivo. Canciones que me motivan... "Don't Stop Me Now" de Queen, por ejemplo.

Soy fan del grupo. Todavía me recuerdo a mí misma alucinando al ver por primera vez el video de "I Want to Break Free" parodiado por un programa de telecinco, (que por aquel entonces era una cadena respetable, por cierto), presentado, entre otros, por Florentino Fernández y Patricia Conde, el Informal, se llamaba... Recuerdo que pensé que era imposible que algún cantante en su sano juicio hiciera algún video en el que se le viera fregando vestido de mujer y que seguramente se trataría de una broma absurda de las muchas que hacían en el programa... qué equivocada estaba, cuánta locura, qué mágico era...

Muchos años han pasado ya desde que se fue y si mi poca cultura musical no me falla demasiado, diría que el año que se marchó él fue el año que vine yo. Qué antojadizo es el azar...

Realmente llevo todo el día pensando en el azar, el destino, la casualidad, Dios, qué más da. Creer es lo que importa, ¿no? Al fin y al cabo, la única diferencia entre los religiosos y los ateos o agnósticos es que nosotros no le llamamos "Dios".

El ser humano es de naturaleza curiosa e inquieta y para él es vital poder dar nombre a todo lo que le rodea. Al principio de nuestra evolución señalábamos el objeto o animal al que nos queríamos referir, pero aquello cambió de onomatopeyas y gemidos a palabras bien articuladas y con raíces determinadas formando, incluso, oraciones y frases estructuradas, lo que nos sirvió para transmitir conceptos e ideas abstractas, capacidad que nos eximía al fin de la limitada comunicación para la alerta o alimento que poseían y poseen nuestros primos los primates y demás animales sociales.

El lenguaje nos permitió referirnos a objetos sin que éstos estuvieran presentes. Hizo de una necesidad (la de comunicarse en caso de peligro, como defensa) la mejor manera de relacionarse y formar así, una población unida con conocimientos y cultura que podía pasar de generación a generación y ampliarse así con la experiencia.

Nuestro afán por clasificar y nombrarlo todo ¡por querer saberlo todo, de todo! ha sido nuestra perdición, porque no tenemos medios para el conocimiento infinito y para dar explicación a muchas cuestiones que hoy nos planteamos... A todo lo que no podemos darle un sentido y encontrarle un origen o una razón, lo transformamos en algo místico que supera nuestro entendimiento y lo relacionamos con Dios, azar, destino, casualidad...

Está en nuestra naturaleza. Es tan fuerte nuestra necesidad innata, congénita e inevitable de conocer y saber, que preferimos pensar que existe algo superior (que no podemos demostrar, ni ver, ni tocar, ni oír... que mantenga el equilibrio y en el que confiar nuestro destino, para bien o para mal) a admitir que aún no tenemos la capacidad para poder explicarlo, porque tenemos que tenerlo todo controlado, incluso lo que no podemos controlar.

Unos lo llaman fe, otros superstición. Todos necesitamos algo que esté por encima de nosotros, algo o alguien "metafísico" que pueda ayudarnos cuando la solución a un problema no dependa de nosotros, solamente... algo o alguien al que podamos dar las gracias si, contra todo pronóstico, aquello por lo que cerramos los ojos y rogamos o rezamos, se cumple.

El otro día volví de un examen y mi compañera de piso me preguntó si tenía algún amuleto que me diera suerte... Sí, lo tengo, aunque considero que es absurdo atribuirle el mérito de un aprobado (con las palizas que me pego de estudiar) a una pulsera y unos pendientes, los llevo puestos cuando me examino porque me dan confianza. Igual que a un católico le sirve rezarle a la Virgen o poner una vela. Es más fácil enfrentarse a la realidad (un examen, una entrevista, un largo viaje... LA VIDA MISMA) si crees que te protege y acompaña un "ente" superior del que depende tu dicha. Entonces, según nuestro adoctrinamiento, ese "ente" recibirá diferentes nombres...

¡Oh! El iPod se ha apagado... ¿Será una señal divina para que duerma y descanse?

No tentaré a la suerte... Buenas noches.

10 mar. 2012

Castillos de arena

Cierro los ojos. Mis párpados sucumben ante la divina fortaleza de un sol de primavera en pleno invierno. Los rayos impactan contra la pálida tez de las niñas que, a riesgo de coger un resfriado, lucen el biquini que han rescatado del fondo del armario esta linda mañana de domingo. Atrás queda la ola de frío de la que hoy nadie parece acordarse.

Soy la única que decide salir a correr un domingo a medio día por el paseo  marítimo de Cádiz... hoy todos decidieron dar un paseo y aprovechar para tomar algo en un bar, cerca del mar. Esquivo a la multitud.

La marea está alta y huele a mar y los niños hacen volar sus pequeñas cometas y los padres los miran satisfechos y los aviones dejan una estela en el cielo que firma el firmamento y que va desapareciendo como las olas en el mar...

La vuelta la haré caminando por la orilla...

Mientras cuento sus turquesas, las olas rompen con fuerza y me parece que el mar le reclama a la playa su arena e intenta abrazarla, pero ésta se escapa. Pequeñas gotas de agua gélida resbalan por mi cuerpo y contengo un escalofrío. Mis ojos se pierden más allá del horizonte, incapaces de vislumbrar lo enorme y majestuoso que es el océano, yo me intimido y me emociono. Muchos son los que quieren capturar la escena pero no habrá jamás una fotografía que le haga justicia a este momento, a cada detalle que siento.

Me pregunto si para mí dejaría de ser tan bello si todos los días fueran como este... posiblemente dejaría de ser tan impresionante, paulatinamente, hasta convertirse en algo vulgar... como cuando el viento le arrebata a los preciosos y delicados castillos de arena cada grano hasta que solamente queda un montón informe...

Castillos de arena...

Recuerdo cuando mis padres cargaban con una mochila llena cubos, palas y rastrillos de todos los colores cada vez que íbamos a la playa. Todavía no habían colocado la sombrilla y yo ya me había puesto de arena hasta las cejas y no paraba de correr de un lado para otro, impaciente, hasta que mi madre me pusiera la crema solar y me diera permiso para bañarme.

Aunque nací y viví en Córdoba, mis padres siempre intentaban llevarnos a playa con relativa frecuencia. Pero fue durante la época que vivimos en Cataluña (en Figueras, Gerona) de la que más recuerdos conservo de mi relación con el mar. El Mediterráneo es tan diferente al océano que hoy me salpica...

Solíamos llevarnos las butacas y la mesa plegables y una nevera azul llena de comida y refrescos para pasar todo el día. Recuerdo que la gente nos miraba, escandalizada (aquello parecía no ser normal para ellos) y con algo de envidia, quizás por la pinta tan deliciosa de la comida que preparaba mi madre. Durante la siesta, por órdenes estrictas, teníamos mi hermano y yo terminantemente prohibido el baño, así que hacíamos grandes castillos de arena con los cubos y creábamos un fuerte que contuviese el agua al subir la marea, pero lógicamente el castillo no resistía y siempre perdía la batalla en esa guerra.

Cuántos recuerdos me vienen a la cabeza... No puedo evitar pensar que todo lo que soy es heredado. Cómo hablo y cómo pienso es fruto de haber nacido en un momento y lugar concretos. Fue totalmente fortuito. Podría haber nacido en Somalia y estar pasando hambre, sería esclava sexual o podría haber muerto. El pensamiento político, la moral, la religión... ¿Y si hubiese nacido en el seno de una familia budista en China? ¿A caso sería como soy? ¿Sería agnóstica? ¿Estudiaría Medicina? ¿Y si hubiera nacido en Marruecos? Sería musulmana...

La influencia que ejerce nuestro entorno sobre nosotros desde que vemos la luz es palpable y es la que nos proporciona la base desde la que nos realizaremos a nosotros mismos cuando llegue el momento. Porque no debemos conformarnos con lo que nos han repetido o lo que hemos visto normal desde que usamos la conciencia... debemos criticar con sensatez y sacar de ello lo que nos complete, sin ser necesariamente lo opuesto a lo que conocemos, claro.

Una vez alguien me dijo que cambiar de piel es doloroso, pero es algo que todos hacemos para llegar a ser quienes somos: "¡Mírate ahora, valió la pena!".

Seres independientes y únicos (figurada y relativamente únicos), auténticos. Porque heredar es aburrido. Tras la ardua lucha conmigo misma... al final me acabó gustando lo que vi.

¿Cuándo y cómo rompí con la influencia?

Un día comprendí que mis padres (mi entorno) eran seres humanos, como yo. Podían cometer errores y equivocarse estrepitosamente, como yo. Y que ellos un día también comprendieron lo mismo de mis abuelos, etc. Cuando me di cuenta de aquella verdad incómoda, me sentí abrumada ante las infinitas formas de pensar y de actuar que existen y que son totalmente independientes a mis dos pilares y máximos puntos de referencia. Estaba mentalmente sola y aislada y tuve que filtrar todo lo que veía y oía a mi alrededor para poder moldear a la persona que sería y con la que me sintiera cómoda el resto de mi vida: Yo misma.

Los castillos de arena son firmes, pero cuidado, con el tiempo se deshacen, como lo que nos enseñan... un día se convierte en simple arena desprendida de una fortaleza, que hay que reconstruir, desde el principio, con esfuerzo y sudor.

La única forma de que la mente crezca sanamente es que nos enseñen a criticarlo todo, para poder así elegir quienes queremos ser cuando estemos preparados. Individualizar e independizar... Todos los castillos de arena, todas las ideas heredadas, no son nada si no las procesamos, si no las hacemos nuestras, desde cero... 

5 mar. 2012

¿Quiénes son esos?


Hace un par de meses fui al concierto que Amaral dio en la sala Anfiteatro en Cádiz. Cuando compré las entradas directamente fueron a mi cartera, casi sin detenerme a observar los detalles de las mismas, como acostumbro. Aquella vez tenía prisa y por mi afán de conservarla sin daños y que no se me extraviara, la guardé sin pensarlo dos veces hasta el día del concierto. Así, si no la tenía en las manos, mi ilusión de ver al grupo por segunda vez en mi vida, no sería real hasta el mismo día del espectáculo y no tendría que esperar dos semanas y desesperar en el intento.

Cuando abrí mi cartera el día señalado y cogí las entradas, experimenté mi tradición: miré y leí meticulosamente cada detalle del papel. En una tímida esquina, abajo de la hora a la que empezaba el concierto, estaban, esos, por muchos desconocidos, esos que son como los días grises (no nos disgustan demasiado pero cansan rápido), los ahijados de las estrellas, un grupo de serie B, de esos que no salen en la radio, de cuyo nombre nunca nos acordamos, los teloneros.

¿Quiénes son los teloneros?

Para mí, los teloneros en un concierto son un mal trago por el que hay que pasar para poder ver el espectáculo que has pagado. No quiero parecer cínica o engreída hablando categóricamente sobre las cosas, pero cuando voy a un concierto y miro a los teloneros siento angustia. Angustia porque ellos saben que, a pesar del hecho de ser una buena oportunidad el estar ahí, tocando y haciéndose un hueco para ser oídos por un público real y crítico, no dejan de ser unos intrusos, indeseables e inoportunos que cuando acaben serán más aplaudidos porque se han ido que por lo bien que han tocado.

Son, podríamos decir, el segundo plato, o mejor dicho: un aperitivo frío que solamente alimenta el deseo de sentarse a comer un buen "puchero". Y ellos lo saben y parece que lo llevan bien. ¿es que han asumido su papel?

Hace poco me enteré de que ya somos siete mil millones de habitantes en el planeta Tierra. Si somos tanta gente, es imposible que todos seamos premios Nobel o estrellas del Rock. Por estadística pura siempre habrá alguien que nos supere en algo, que sea mejor que nosotros en un deporte, hablando idiomas, dibujando, cantando, calculando en matemáticas y por el contrario siempre habrá alguien que no nos supere a nosotros. Sencillamente, la grandísima mayoría de esos siete mil millones (y creciendo) tiene que estar a la sombra de las grandes o las medianas mentes pensantes. 

Pero no sólo de ellas depende la humanidad. Todos somos necesarios aunque no inventemos grandes aparatos que cambien radicalmente el curso de la historia de la ingeniería o aunque no descubramos una cura contra alguna enfermedad endémica en el tercer mundo que pueda salvar a millones de vidas (otro tema del que se puede hablar largo y tendido) o porque no enunciemos una ley física extraordinaria que nos permita viajar en el tiempo.

¿A caso los niños crecen soñando con ser teloneros? Seguramente no. Quizás astronauta o estrella de cine. Pero a medida que el niño deja de serlo, posiblemente su listón de exigencias para consigo mismo descienda considerablemente, quizás gracias al sentido común que nos dice que hay sueños que están al alcance de muy pocos y que de vez en cuando es mejor conformarse con ser maravillosamente mediocre.

¿Que quiénes son los teloneros? Todos nosotros.

2 feb. 2012

Inspiración

La canción que siempre hace que se me escape una lágrima por esa voz desgarradora y apasionada, las fotografías que captan un instante banal y natural de alguien desprevenido con una sonrisa auténtica o un gesto realmente suyo, el sonido de la lluvia al caer y saber que fuera hace frío, la inmensidad del océano, ver el cielo una noche de luna nueva en pleno verano, conducir sin rumbo, un beso... 

Me acabo de tumbar en la cama y tras unos minutos mirando al infinito y tapada hasta las orejas con mi nórdico, me he dicho "hoy es uno de esos días que sabes cómo empiezan pero no cómo acaban".

Ha sido un día muy largo, y cuando digo largo no siempre me refiero a pesado. Para mi un día pesado es aquél en el que hay que esperar. Esperar por alguna razón que es ajena a ti, que no puedes modificar por nada, por ejemplo una cita médica o la cola en la peluquería o un examen de esos eternos, días perdidos... Sin embargo, los largos son largos porque hago tantas cosas que cuando la noche llega no me creo que todo lo que ha pasado en las últimas 12 -18 horas corresponda al mismo día.

Siempre digo que mi vida es aburrida. Tampoco quiero que pienses que carece de emoción, pero lo cierto es que me recreo imaginándome a mi misma en otra época siendo una diseñadora de moda junto a Coco Chanel, la líder revolucionaria de algún partido de la, una vez, reciente democracia en España o una arqueóloga aventurera, una presentadora de algún documental de naturaleza o de viajes exóticos (cuando los documentales iban de algo más que de "megaconstrucciones", si ves Discovery Channel sabrás lo que digo y si no, pues nada), una bióloga marina defensora de los corales en Australia, una artista bohemia en París... Tantas Irenes que no podría decidirme por una... tendría que vivir tropecientas veces para satisfacer la curiosidad de lo que podría haber sido escoger un camino diferente y, porqué no, bastante más arriesgado del que elegí.

Como iba diciendo, mi vida es aburrida, hasta que el destino quiere que todo lo que me emborracha de apatía y desgana durante días y días, de golpe y porrazo me encuentre con una extensa lista de tareas que parecen surgir de la nada.

Hoy, después de cumplir con todas las tareas de mi casi eterna "lista del destino" he regresado a casa en coche. Siempre pensé que conducir sería una necesidad que, como otra cualquiera cuando se es adulto, debería cubrir sacándome el carné aunque fuera a desgana. Mi total desinterés por manejar tal amasijo de hierro y demás chatarra era el motivo por el cual me negaba a perder mi tiempo en aprender tal cosa.

Recuerdo (no hace tanto) cuando me monté en un coche por primera vez, muerta de miedo y con una percepción de la velocidad tan hipersensible que convencerme de que pasara de los 8 km/h se convirtió en un desafío para los valientes que me acompañaban aquel día.

Quién iba a decirme que un tiempo después de aquello, conducir iba a gustarme tanto que iba a convertirse en otra de las muchas fuentes de mi tímida inspiración... y que después de meses sin pasarme por aquí iba a servirme como excusa para dejar escrito mi excéntrico pensamiento.

1 ene. 2012

Año Nuevo

Pupilas dilatadas, rubor en mis mejillas, palpitaciones en el pecho, besos, abrazos y carcajadas. Un año cargadito de salud. Ese es mi deseo.

Como cada Navidad me gusta sentir la bondad y calidez propias de ésta fiesta y envolverme del espíritu navideño con sus buenas esperanzas. Hace una Navidad escribí en este mismo lugar, sobre las personas olvidadas, que cada año, "celebran" la Navidad solas o pasando apuros. Aquello no ha dejado de inquietarme y sigue provocando tormentas en mi cabeza, pero hoy quiero mirar con optimismo al nuevo año.

Las noches viejas y los uno de enero son días complejos. Suelo despertarme el 31 de cada diciembre con la sensación de que todo lo que haga a partir de que mis ojos se abran y mis pequeños pies toquen el suelo será lo último que haga en el año que se escapa. Todo está en calma, hoy las familias se reúnen para celebrar que todo lo malo podrá cambiar y que, una noche vieja más, todos juntos, despiden el año.

Muchos, quizás ilusos, idealistas, optimistas, pensamos que aquello que no nos gustó desaparecerá con las doce campanadas y que el nuevo año brindará nuevas y mejores oportunidades para cambiar, para mejorar, para empezar de nuevo...

Las abuelitas con ilusión, atentas a los cuartos y explicando con entusiasmo, cómo se deben tomar las uvas, se encargan de recordarnos que hemos sobrevivido juntos y que cuando acabe la cuenta atrás se nos planteará un nuevo reto: sobrevivir a los 365 días que nos regalará el calendario del año que llega.

- ¡Feliz Año! - Gritan los presentadores en la pantalla de televisión.

Otro año más, qué pereza da. Es como empezar a escribir una historia en una hoja en blanco, la incertidumbre que me inunda cuando apoyo el bolígrafo sobre el papel y deslizo una tímida palabra que se siente sola ante el vacío, ante el silencio de la nada. Una mezcla de sentimientos encontrados, nostalgia y esperanza. Es uno de enero y se puede palpar en la habitación que la tensión ha desaparecido. Hemos entrado con el pie derecho por delante, con algo rojo encima y doce uvas en el estómago, aunque a más de uno se le resistan en la boca.

Cohetes artificiales, bengalas, confeti, champagne... luces de colores, olor a pólvora, frío y calor... Pedimos un deseo... y esperamos que la magia del momento nos lo conceda, como niños pequeños. Pupilas dilatadas, rubor en mis mejillas, palpitaciones en el pecho, besos, abrazos y carcajadas...

Feliz Año 2012.