2 feb. 2012

Inspiración

La canción que siempre hace que se me escape una lágrima por esa voz desgarradora y apasionada, las fotografías que captan un instante banal y natural de alguien desprevenido con una sonrisa auténtica o un gesto realmente suyo, el sonido de la lluvia al caer y saber que fuera hace frío, la inmensidad del océano, ver el cielo una noche de luna nueva en pleno verano, conducir sin rumbo, un beso... 

Me acabo de tumbar en la cama y tras unos minutos mirando al infinito y tapada hasta las orejas con mi nórdico, me he dicho "hoy es uno de esos días que sabes cómo empiezan pero no cómo acaban".

Ha sido un día muy largo, y cuando digo largo no siempre me refiero a pesado. Para mi un día pesado es aquél en el que hay que esperar. Esperar por alguna razón que es ajena a ti, que no puedes modificar por nada, por ejemplo una cita médica o la cola en la peluquería o un examen de esos eternos, días perdidos... Sin embargo, los largos son largos porque hago tantas cosas que cuando la noche llega no me creo que todo lo que ha pasado en las últimas 12 -18 horas corresponda al mismo día.

Siempre digo que mi vida es aburrida. Tampoco quiero que pienses que carece de emoción, pero lo cierto es que me recreo imaginándome a mi misma en otra época siendo una diseñadora de moda junto a Coco Chanel, la líder revolucionaria de algún partido de la, una vez, reciente democracia en España o una arqueóloga aventurera, una presentadora de algún documental de naturaleza o de viajes exóticos (cuando los documentales iban de algo más que de "megaconstrucciones", si ves Discovery Channel sabrás lo que digo y si no, pues nada), una bióloga marina defensora de los corales en Australia, una artista bohemia en París... Tantas Irenes que no podría decidirme por una... tendría que vivir tropecientas veces para satisfacer la curiosidad de lo que podría haber sido escoger un camino diferente y, porqué no, bastante más arriesgado del que elegí.

Como iba diciendo, mi vida es aburrida, hasta que el destino quiere que todo lo que me emborracha de apatía y desgana durante días y días, de golpe y porrazo me encuentre con una extensa lista de tareas que parecen surgir de la nada.

Hoy, después de cumplir con todas las tareas de mi casi eterna "lista del destino" he regresado a casa en coche. Siempre pensé que conducir sería una necesidad que, como otra cualquiera cuando se es adulto, debería cubrir sacándome el carné aunque fuera a desgana. Mi total desinterés por manejar tal amasijo de hierro y demás chatarra era el motivo por el cual me negaba a perder mi tiempo en aprender tal cosa.

Recuerdo (no hace tanto) cuando me monté en un coche por primera vez, muerta de miedo y con una percepción de la velocidad tan hipersensible que convencerme de que pasara de los 8 km/h se convirtió en un desafío para los valientes que me acompañaban aquel día.

Quién iba a decirme que un tiempo después de aquello, conducir iba a gustarme tanto que iba a convertirse en otra de las muchas fuentes de mi tímida inspiración... y que después de meses sin pasarme por aquí iba a servirme como excusa para dejar escrito mi excéntrico pensamiento.