1 sept 2019

Reencontrarme


Muchas veces me pregunto con qué tipo de fundamento o criterio una niña de seis años pudo decidir un buen día que quería ser médico. 

A mí me encantaba dibujar y vestir a mis muñecas con pañuelos de papel y toallitas húmedas coloreadas a duras penas con rotuladores. Yo escribía poesías ñoñas con rimas fáciles y soñaba con construir poemas complejos que transmitieran lo que ocurría en mi mente. Me dormía con las persianas subidas para poder ver el cielo porque me satisfacía enormemente lo insignificantes que se hacían mis pensamientos negativos al contemplar las estrellas. Yo estaba apuntada a clases de dibujo y esperaba impaciente a que llegara el día de la semana que me tocaba ir porque me reencontraba allí cada vez que volvía.

Aquella fantasía de ser médico con el tiempo fue madurando a ilusión y finalmente, en aquel joven e inexperto cerebro se convirtió en pura obsesión que con muchísimo esfuerzo y sacrificio conseguí cumplir. Mi inquietud por ayudar a los demás y querer saber cómo funcionaba el cuerpo humano motivó aún más mis infundados deseos. Nunca supe muy bien en qué consistía la profesión (estudio diario, guardias, responsabilidad, miedo permanente a equivocarse...), ya que en mi entorno no había ningún sanitario que hubiera podido pararme los pies a tiempo. Todo lo contrario. Diría que fue un orgullo para mi familia descubrir que la "pequeña rodriguita" tenía la vocación de ser médico. 

Le he dado al botón de inicio y el tambor de la lavadora ha empezado a dar vueltas. Observo el pijama blanco pero inadvertidamente sucio, de la guardia de ayer, atrapado girando irremediablemente para volver una y otra vez a ser usado y tirado hasta que al fin un día se rompa. Me he sentido extrañamente identificada. Un bucle mental de pensamientos sobre cómo he pasado 10 años de mi vida empeñándome en ser lo que siempre he querido ser y sin embargo me siento amargamente insatisfecha, vulnerable, desprotegida y perdida.  

La falta de sueño y el desgaste físico y psicológico que conlleva haber estado veintcuatro horas en tensión, hacen que me encuentre nuevamente pesimista. Se que mañana estaré mejor que hoy y en tres días yendo a trabajar por las mañanas como cada día, me habré recuperado a tiempo para volver a tener otra guardia y volver al mismo bucle emocional. 

Tristemente de la misma manera que una goma elástica pierde su capacidad de volver a su ser con el uso, yo siento que cada día, cada guardia, mi espíritu pierde la pasión y la capacidad de lucha por mantenerme fuerte y reponerme.

Obviamente mi profesión consiste en ayudar a personas con problemas de mayor o menor gravedad, que demanda atención o cuidados con mejores o peores formas y mi día a día suele pasar sin grandes pretensiones pero con alguna que otra pequeña alegría que suele consistir en observar el alivio de la gente cuando les das simple comprensión desinteresada. Esa es la magia de mi trabajo y es lo que hace que cada día pueda volver a la consulta y seguir adelante.

La esencia de mi profesión no es el problema. El Sistema lo es. 

Me ha hecho falta muy poco tiempo para darme cuenta de que la Sanidad se sostiene gracias al favor, hiper-responsabilidad, dedicación y extenuación de sus profesionales. Nos machaca tanto que destruye lentamente las ilusiones y el amor por lo que hacemos, generando hastío y eliminando hasta el último resquicio de motivación para lo que sea (formarse en una especialidad de forma satisfactoria, dar docencia eficaz a las siguientes generaciones, dar una adecuada atención al paciente y con garantías...) generando profesionales quemados y rotos que además son incapaces de unirse y protestar por un trabajo digno y por una Sanidad digna, quizás porque es éticamente cuestionable que los médicos hagan huelga o quizás porque en muchos servicios no hay más médicos que los que habría con los servicios mínimos que se precisan para una huelga. 

Tengo miedo de convertirme en una médico fría y solitaria que no sienta deseos de trabajar en equipo, de enseñar, de respetar, de cuidar. Tengo miedo de haberme equivocado de vocación. Tengo miedo de no recuperarme del bucle emocional y no reencontrarme jamás.

15 oct 2017

Luces de neón para una chica Almodóvar

La luz atraviesa las hojas secas que se mantienen, como una especie de juego de malabares en el extremo de la fina rama, esquivando al viento. Demasiado cálido este medio día de octubre, que sorprende a los castaños. Cuando miro, mis ojos se llenan de momentos que quiero retener, pero se pierden inevitablemente, como el agua se escapa de entre mis dedos. 

Ya no volverá, lo se. 

No volverá el otoño fresco y rojizo, cuando llovía a cántaros y la tierra olía tan fuerte que aún puedo sentirlo, cuando estrenaba mi bufanda gris, por primera vez en todo el año, cuando te besaba en esa nariz helada, cuando me reía contigo. 

Ya no volverás, lo se.

No volverás pero te prometo que será como si no te hubieras ido.  

Nadie está preparado para las despedidas, pero reconozco que soy de las personas a las que les cuesta desprenderse de todo lo que componga su mundo, física y emocionalmente. Qué problema, porque como es natural, nuestro mundo va cambiando con el tiempo, sin cesar, y ese cambio es ineludible. Cuando era niña la muerte era para mi una ficción, algo que podía ocurrir pero que remotamente afectaría a mi entorno, y por supuesto mucho menos a mi. Recuerdo el fallecimiento de algunos seres queridos como sueños borrosos y distorsionados. Las pérdidas recientes, sin embargo, ya no estaban cubiertas por el dulce velo de la inocencia...

Con el tiempo he ido afrontando la muerte como conocida, como amiga, como familiar y como médico. He tenido la grandísima suerte de trabajar con un equipo de Cuidados Paliativos hace poco. Mirar a los ojos a la persona que está llegando al final, cogerle la mano y acompañarla junto a su familia, ha sido una de las experiencias más duras y a la vez enriquecedoras que he tenido y probablemente tendré jamás.

Es curioso observar cómo esa persona afronta con paz y firmeza su final. Requiere haber pasado por algunas fases antes, haber madurado la idea, haber aceptado algunas cosas. He aprendido que abandonar esta vida a gusto es tanto o más importante que vivirla bien. Y es mi deber como persona, y también como médico, garantizar ese bienestar a los demás.

Justamente durante esta etapa de mi vida he comprendido lo maravillosa y milagrosa (sin contexto sobrenatural y místico) que es la vida. Lo alucinante que es haber podido estar aquí y compartir con todos los demás la oportunidad tan exclusiva de conocer este mundo. 

Inevitablemente recuerdo estos días la carta que escribió Ann Druyan, escritora y productora estadounidense, conocida por ser guionista de la serie Cosmos de 1980 y también por ser la gran mujer que se casó con el gran hombre Carl Sagan, astrofísico y uno de los mejores y más influyentes divulgadores científicos de la historia, y que conozco gracias a mis padres, que me pusieron en la tele la serie que tenían original en cinta de vídeo durante muchas maravillosas noches.

«Cuando mi esposo murió, era tan famoso y conocido por no ser creyente, que muchas personas me preguntaron (y todavía me pasa a veces) si Carl había cambiado y se había convertido al final en un creyente en la vida después de la muerte. También me preguntaron con frecuencia si creo que lo volveré a ver. Carl se enfrentó a su muerte con coraje y tenacidad y nunca buscó refugio en ilusiones. La tragedia fue que los dos sabíamos que nunca nos volveríamos a ver.

No espero volver a reunirme con Carl. Pero lo más grandioso es que mientras estuvimos juntos, durante casi veinte años, vivimos con una apreciación real de lo breve que es la vida y lo preciosa que es. Nunca trivializamos el significado de la muerte fingiendo que era algo más que una separación definitiva. Cada momento que estuvimos vivos y estuvimos juntos fue milagroso, pero no en el sentido de inexplicable o sobrenatural. 

Sabíamos que habíamos sido beneficiados por el azar. Que el azar puro haya sido tan generoso y tan amable que nos pudiéramos encontrar, como Carl escribió tan bellamente en "Cosmos". Eso es algo que me sostiene y que es mucho más significativo. La forma en que me trató y en que lo traté, la forma en la que nos cuidábamos el uno al otro y a nuestra familia mientras vivió. Esto es mucho más importante que la idea de que lo volveré a ver algún día.

No creo que vuelva a ver a Carl nunca más. Pero lo vi. Nos vimos el uno al otro. Nos encontramos el uno al otro en el cosmos, y eso fue maravilloso».

La serie Cosmos fue su proyecto más importante como pareja. En agradecimiento, Sagan dedicó el libró homónimo al que fue el gran amor de su vida:

«En la vastedad del espacio y en la inmensidad del tiempo, mi alegría es compartir un planeta y una época con Annie».

 —Carl Sagan

 

 

https://culturacolectiva.com/tecnologia/ann-druyan-carta-de-despedida-carl-sagan/

10 may 2017

El Unicornio Azul


Era alguien corriente. 

Sabía que ser así no significaba nada malo y no le molestaba admitir que nunca llegaría a destacar por nada, aunque sentía una innegable atracción por lo original y lo auténtico. Era una persona dura y muy exigente, quizás una vida corta, pero llena de retos influyó en su personalidad. Lo cierto es que, a pesar de la simpatía que le generaba la gente revolucionaria y rebelde, le encantaban el orden y las cosas bien hechas. La utocrítica era un ejercicio muy frecuente en sus días, y le producía tormento y a veces confusión. 

Aunque se sintiera a gusto con ser normal, poseía un sentimiento que no era capaz de describir, un impulso que salía de su interior para reinventarse y expulsar todas las ideas que brotaban de las profundidades de su alma, esas que jamás fue capaz de poner en orden: Quería pintar, pero cuando cogía el pincel, su trazo no era preciso. Quería cantar, pero su voz se quebraba al empezar la estrofa. Soñaba con tocar el piano o la guitarra, pero sus dedos no le parecían lo suficientemente hábiles. Y coser, también bailar y por supuesto escribir. Pero todo lo que deseaba hacer y aprender, le parecía inalcanzable, y por supuesto, jamás destacaría en ello.

Ella.

Ella era, a pesar de lo que muchos dirían, insegura y tímida. Se escondía trás un escudo, tras una fachada para que nadie la reconociera como débil y sensible, como un unicornio azul. Solía parecer alguien alegre y extrovertida, con los labios rojos y a veces vestida de forma algo peculiar, lo justo para llamar la atención, pero sólo de los que, al igual que ella, sentían predilección por lo original. Disfrutaba siempre con los demás, y le encantaba conocer a gente, pero tenía el superpoder de acordarse solamente de lo que le parecía interesante, así que era despistada en general, pero guardaba en su memoria cada cara, cada dato, cada lugar y cada momento que, por alguna razón, por estúpida que pareciera, a ella le había hecho sentir algo especial.

Tenía una forma muy particular de ver el Mundo. Nunca estaba convencida de si lo amaba o lo odiaba profundamente. Sentía decepción a la vez que asombro y miedo a la vez que esperanza cuando analizaba lo frágil y bello que es este planeta. Solía echarle la culpa a los seres humanos, ella decía que somos los culpables de todo lo malo que le ocurre a este mundo y responsables sólo de pequeñas cosas maravillosas. Esas pequeñas cosas maravillosas de las que hablaba, eran las que la animaban a continuar.

Quizás, el único modo de que el mundo siga brillando, es ocupándonos de esas pequeñas cosas maravillosas, todas esas cosas que parecen insignificantes y corrientes, como cantar, bailar, dibujar o escribir, pequeñas cosas que da igual si nos hacen o no destacar, pero constituyen nuestra alma y son la prueba de que nuestro mundo sigue latiendo.