18 ene. 2013

A finales de 2012

Me siento en el sofá. Solamente se escucha el sonido de mis dedos que, aún hábiles (a pesar del vino), producen al golpear firmemente las teclas de mi viejo portátil.

Desde aquí, si alzo la mirada, puedo ver cómo brillan las palmeras de la Alameda Cristina, cuyos troncos están forrados de cientos de bombillas por Navidad y la gente bien vestida paseando por el centro de Jerez tras una cena copiosa en casa, con familiares y amigos, quizás, quién sabe, algunas copas de más... 

Todos en casa duermen pero yo hace ya una hora que me quedé aquí, postrada, respirando en paz y sin oír risas ni escándalos. Aún llevo esa falda de raso que mi madre me arregló para que luciera "tipito" y la blusa que Papá Noel me ha traído, que me dejé puesta después de probármela, abrochada de mala manera y toda arrugada. Mis pies descalzos solamente cubiertos por unas medias recién estrenadas, rotas y las uñas pintadas de rosa. Así estoy: rota, aburrida, mal vestida y rosa.

Nada que decir, solamente un par de párrafos sin corregir. Desganada y aburrida de las fiestas, mirando el reloj todo el rato. Siento que las agujas me empujan a  la cama a cada segundo que marcan, pero me puede el vino y me duermo en el sofá. Mañana será lo mismo: comida y alcohol, es decir, Navidad.



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