9 ene. 2017

El frágil hilo

Aún me creo que es un mal sueño cuando suena el despertador casi de madrugada para empezar otro día más. El olor a café y tostadas recién hechas es lo que me despierta de verdad. Como siempre, miro por la ventana, el alba, también perezoso, se hace esperar, pero entre los edificios de piedra y yedra asoma una tímida luz rojiza que se funde con el más profundo negro del firmamento, dejando atrás la fría noche alumbrada por poco más que una farola en un callejón sin salida.

Hoy ha sido el día en que, por primera vez me he sentido parte del proceso de muerte de una persona. Un señor mayor, un abuelito, como cariñosamente me gusta llamarlos, que por cosas del destino, antojadizo y oportuno, falleció durante la última guardia que hice en Urgencias, de forma repentina e inesperada. De hecho, dejé escrito que el lunes si seguía mejorando, podría irse a su casa. Hoy después de las vacaciones, he preguntado por él, y he recibido la noticia. Casualmente murió de algo que nadie pudo haber evitado al 100%, estuviera donde estuviera.

Mis días se resumen en una palabra: aprendizaje. Aprender a ser médico, pero también sobre la vida. La necesidad de que ese hombre siguiera en esa cama de hospital cuando aquello ocurrió, hoy la pongo en duda. Él quería pasar las fiestas en su casa. Él se encontraba bien. Octogenario y perfectamente cuerdo, nos manifestó su deseo de volver a casa. Pero aún no estaba del todo recuperado ¿Y qué señor de 82 años se recupera completamente? 

Al final, la buena voluntad de la familia, que quiere a su ser querido en perfectas condiciones, cueste lo que cueste, y la nuestra, que inspira a los que ejercemos esta profesión, dura y difícil, para curar, nos hace perder la capacidad de decidir en función de la humanidad en vez de lo médicamente correcto. Pasar tus últimas semanas, y horas en una habitación vacía de recuerdos, compartida, en bata y con el culo al aire, para estar un poco mejor. No quisiera morir hoy, pero si tuviera que hacerlo, seguro que escogería morir cómoda, lo mismo que deseo que le pase a un ser querido.

Conmovida por la luz vuelvo a mi café humeante y sueño que sueño y luego pienso que mejor despertar y poder tocar con mi cara el sol, y lamer con cada palabra el aire que se escapa por mi boca y roza mi lengua. Puedo sentir el frágil hilo que separa el Ser o no, cada día más convencida de que perder la vida no es tan malo cuando se pierde habiendo antes ganado algo de paz y, sobre todo dignidad para afrontarlo sin sufrimiento.









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