19 dic. 2011

Efímero

Los días de otoño, efímeros como el primer beso, como un eclipse de sol, pasan sin que pueda saborearlos hasta quedar plena y satisfecha, pasan y no se recuperan, adiós para siempre.

Todas las mañanas, abro los ojos y observo los haces de la luz del amanecer que atraviesan la persiana resbalando por el espejo de mi armario.  Bostezo, e inmóvil aprovecho el calor de la noche, la paz del sueño, la soledad de una cama vacía... cuántos sentimientos y con qué rapidez he de hacerlos propios antes de que se desvanezcan, antes de que me levante y se pierdan entre las sábanas, junto aquel pensamiento que ayer amenazaba con quitarme el sueño, y que hoy ya no se vendrá conmigo, porque yo elijo qué entra y sale de mi cabeza y hace una mañana demasiado bonita...

El alba, sin prisa pero sin pausa... el Sol... a cada segundo inunda mi habitación con más intensidad, como en un atraco, acorralada, no puedo escapar, y me deslumbra mientras tomo el café en una taza sin dueño. No puedo evitar abrir la ventana y respirar hondo con los ojos cerrados, aire fresco del mar invade mis pulmones, mi aliento sale despedido de mis labios en forma de vaho y un escalofrío recorre mi espalda de norte a sur, la carne de gallina... a prisa cierro y sigo tomando mi café humeante mientras lo agarro con fuerza entre las manos, se hace tarde.

Otra mañana más, las calles sin "montar", y yo las piso con cuidado, no querría tropezar...

Han sido unos meses profundamente excitantes. Tras varias semanas después de acabar las prácticas clínicas en el hospital, empiezo a asimilarlo todo... 

Nada podrás estudiar, nada podrán contarte que te haga comprender cuál es la condición del ser humano en su estado más vulnerable si no lo has vivido. Nada. 

El ser humano enferma, como cualquier ser vivo, porque así lo quiere la naturaleza y así debe ser. El organismo evoluciona e involuciona, es tan cíclico como el amanecer que me deslumbra cada día y el atardecer que me obliga a abrigarme cuando el Sol me abandona. La enfermedad como parte de la vida... parece obvio pensar que la única condición que todo ser debe cumplir para padecer es "ser", pero aceptarlo  y apreciarlo es otro asunto bien diferente, ¿verdad?

Ver al rico o al pobre, al necio o al culto, en la única situación en la que la "humillación" está asimilada y  se tolera, cuando hay que desvestirse en un lugar desprovisto de todo aquello que nos una a nuestro mundo, un lugar siniestro donde es sabido que "las personas dejan de ser personas para ser pacientes" y sintiendo el frío metal de un fonendoscopio en el pecho, el frío en el alma, preguntándose sin cesar el porqué. Ahí el ser humano está en igualdad de condiciones  y el porqué es porque tiene vida. De nada sirve el poder adquisitivo, de nada sirve el intelecto.

La salud es efímera y la enfermedad categóricamente natural y en nuestra mano está aprender de ella a afrontar la vida como venga, sin más vacilaciones, sin titubeos, sin oscilación, superar los miedos y aprovechar el momento, con las peculiaridades de cada circunstancia, adaptarse, como llevamos haciendo millones de años y respirar hondo...

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