27 sept. 2013

Viajeros solitarios

Ya era hora, lo se. Hace mucho, demasiado tiempo que no consigo sentarme a escribir lo que sale de mi corazón y/o de mi cerebro. Me he sentido lo suficientemente dispersa y a veces vacía como para saber que iba a ser una pérdida de tiempo intentar escribir algo con sentido, y no el revuelto de ideas y sentimientos que han estado peleándose, desde la última entrada, dentro de mi cabeza.

Sigo teniendo problemas para aclararme, pero creo que después de las experiencias que he tenido este verano, me siento más inspirada y capaz de plasmar mis esquemas mentales con más o menos sensatez.

He viajado sola por primera vez (y varias veces), este verano. Sola. Ha sido una experiencia enriquecedora, en muchísimos sentidos (te hace más valiente, más independiente y te da mucha autoestima, pero sobre todo, te enseña a valorar el silencio). 

Estar las horas muertas en un aeropuerto desconocido, en mitad de ninguna parte, rodeada de personas y a la vez en la más completa soledad. Oír mis pensamientos, quebrados únicamente por el estruendo de los motores al despegar de la pista, tumbada en la terraza del área de descanso, mirando al cielo, bañándome en el sol sofocante veraniego de Barcelona o Madrid, sin esperar a nadie, pero desesperada por coger mi vuelo.

Observando a los demás, agitados por las prisas de los horarios, trasportando sus maletas de aquí para allá, algunos entusiasmados por las aventuras que les esperaban y otros amargados por su regreso, pude darme cuenta (otra vez) de lo insignificantes que somos, y vi el verdadero parecido que hay entre un  aeropuerto y la vida misma (al menos para mi).

Somos viajeros. Pasajeros de un vuelo que no hemos elegido hacer, con un billete de ida y no retorno. Creemos que nos sentamos al lado de quien queremos, pero el azar lo decide. Discretamente, el azar nos ha colocado en cada asiento, en cada puesto en el mundo (en un estrato social alto o bajo, en un continente desarrollado o en vías de dessarrollo, en una familia conservadora o una progresista, católica o musulmana), solamente somos peleles jugando a la ruleta rusa. Pero lo peor de todo no es llegar a la conclusión de que todos creemos, pensamos y somos así por azar, sino que además nacemos y morimos solos. 

Madres e hijos o parejas que se agarran la mano para atravesar el aeropuerto en busca de su puerta de embarque, o viajeros solitarios, como yo, que se conforman con observar y sacar conjeturas para entretenerse hasta llegar a su destino. Luego nos montamos en el avión, asumiendo que podemos tener mala suerte y caer desde diez mil metros de altitud. ¿Y qué hay que hacer en esa situación de peligro inminente? Mirar por uno mismo, como si no existiera nadie más a quien cogerle de la mano y colocarse la mascarilla de oxígeno para salvar tu vida. Sobrevivir o morir, solos. 

La vida es un ir y venir de gente, de aventuras, de ilusión y desengaños. Es cuestión de saber y querer aprovechar el viaje. Lo malo es que somos unos inconscientes, necesitamos que nos demuestren que la vida es frágil, irrepetible y efímera para que queramos aprovecharla y amarla, aunque a veces no la entendamos. 

Pero no estés triste por lo de que nacemos y morimos solos. Piensa que puedes viajar con quien tú quieras, aunque tengas que soltarle la mano en el último momento. Y que si alguna vez no tienes a nadie a quién darle tu mano para viajar, puedes guardar silencio, para que tu aguda voz interior se escuche y puedas conocerte un poco mejor, para que, en el futuro, tu mano se agarre de forma más firme y sincera a la mano de tu acompañante.


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