13 sept. 2010

Destino cruel

Estoy en trance. Acabo de comprender (aunque de forma esquemática) tras una larga conversación, qué tipo de antepasados tengo, de dónde venían y cómo eran.

Todo ha pasado a raíz de una joya antigua que he descubierto "sin querer" entre las cosas de mi madre. En mi casa, las conversaciones sobre el pasado de mi familia son muy comunes, porque a mi padre siempre le ha gustado indagar en esos temas.

Se remonta a mi tatarabuelo. Era notario en Madrid, fue el primer estudiante de la familia de mi padre, cuyo título según me han dicho, fue firmado por la Reina Isabel II. Pertenecían a familia adinerada, con antepasados de Fuenteovejuna, pueblo de Córdoba que linda con Extremadura en el cual nacieron mis padres.

Mi tatarabuelo era un privilegiado, que no sé muy bien cómo consiguió estudiar, ya que por aquella época dificilmente uno se disponía a eso y su padre además, aunque desconozco a qué se dedicaba, no tenía mentalidad abierta. El caso es que se convirtió en una persona más que respetada en Madrid, con un piso en una de las plazas más céntricas de la ciudad y lo que más me ha perturbado, descansaba en verano junto al Escorial con toda su familia. También he visto cartas que se escribía con Sagasta, presidente del Gobierno del Partido Liberal en el siglo XIX.

Desgraciadamente murió a causa de un infarto o una angina de pecho, según su certificado de defunción. A todo esto su familia, al no poder mantenerse en Madrid, decidió irse al pueblo del que procedían, Fuenteovejuna, para así vivir del capital que el patriarca les había dejado y, si aquello les fallaba, ir vendiendo las fincas que tenían por aquella zona. Así al menos se aseguraban una vida más que digna para ellos y al menos una generación más.

Sin embargo, las malas inversiones y la poca cabeza de los predecesores de mi tatarabuelo, hicieron que la fortuna de la que podían presumir se esfumara en poco tiempo. Siguieron siendo gente estudiosa, de leyes, sobre todo, pero como dignos hijos de señorito, no estaban acostumbrados a luchar por nada, así que cuando la vida les golpeaba, simplemente no se levantaban.

Mi abuela, nieta del susodicho, nació del matrimonio entre el mayor de los hijos de este y una mujer del pueblo. Ella se casó con mi abuelo, veterinario de Fuenteovejuna. Y así, por fin, surgió mi padre.

Y ahora digo yo: Si mi tatarabuelo no hubiese muerto tan joven, todos sus hijos se habrían quedado en Madrid, habrían seguido formando familias adineradas y probablemente el hecho de tener ascendencia melariense (de Fuenteovejuna) solo sería una anecdota. Lógicamente ni mi abuela, ni mi padre ni yo existiríamos. Sin embargo mi madre sí. Ella se habría casado con otro hombre, tenido otros hijos y vivido en cualquier otro lugar.

Curiosamente el destino quiso que lo que fue traumático y le destrozó la vida a una familia, a mí me la diera. Existo, como quien dice, gracias a que alguien por aquél entonces tuvo que tomar la difícil decisión a raíz de una muerte, de mudarse a un pueblo recóndito a probar suerte.

Eso me hace pensar también que si mi padre no hubiese pedido traslado a Jerez, y se hubiese quedado en Córdoba, yo no habría conocido a mi novio, por ejemplo. ¿Quiere decir eso que si mi alma gemenla estaba en Jerez, si no me hubiese mudado no la habría encontrado nunca?

Sinceramente, lo más lógico es pensar que no existen las almas gemelas. Posiblemente ahora estaría con un chico en Córdoba que me hiciese felíz... lo típico.

Pero... ¿y si el destino finalmente me hicera conocer a mi novio en Jerez? No es tan difícil, porque la nota para entrar en Medicina solo me daba para quedarme en Cádiz, que es donde él estudia...

Menuda paradoja. Soy fruto de la muerte y de las decisiones difíciles.

Me duele la cabeza, voy a dormirme.

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