9 sept. 2010

Mi pequeño gran lujo


Amanecí dolorida, el día de antes había estado luchando en la piscina de una amiga contra varias chiquillas de entre seis y diez años.

Una de ellas siempre que me ve sale corriendo y le da un abrazo a una de mis piernas y me dice: métete en la piscina, vamos a jugar. Evidentemente no puedo resistirme, es una niña adorable, a la que por cierto se le partió la clavícula a principios de verano, por lo que la he visto pasar de ser una niña tímida y asustadiza con el brazo en cabestrillo a ser una personita llena de vitalidad y con gran agilidad.

Hay otra niña a la que sinceramente admiro, quizás porque es la antítesis de lo que yo fui en mi día. Me esforzaba mucho para que no me relacionaran con los gamberros de mis primos y hacía todo lo posible para que me identificaran como lo que quería realmente ser, una niñita fina y recatada, con madurez suficiente como para saber que estaba mal lo que hacían los cafres esos (vamos, un muermo de niña). Ella en cambio es impulsiva, alegre, segura de sí misma, guerrera, pasional e hiperactiva... el otro día le dije que me dibujara un perro y me pidió permiso para dibujar a un perro salchica con una camiseta, simplemente quería ser diferente. Me alegra el día cuando me dice que soy su mejor amiga, tengo un pequeño cofre con pulseras y dibujos que me regala. Ojalá no cambie nunca su forma de ser, me enseña tanto...

Como iba diciendo, me desperté dolorida, sin embargo no era motivo suficiente para negarme a acompañar a mi chico a un examen en Cádiz. Así que metí el libro que me estoy leyendo ahora en mi superbolso y me coloqué mis gafas de sol. Lista para pasar unas horas en la Caleta, solo yo.

Después de comer con él, le desee buena suerte y me fui a la Facultad de Medicina, mi hogar, como quien dice. Hacía tiempo que no la veía y tenía interés por las obras que están teniendo lugar antes del nuevo curso. No era para tanto, una cafetería nueva y sillas nuevas de color rojo para todas las aulas.

Llegué a la Caleta por el camino de siempre. Dedicí bajar por las escaleras que dan directamente a un pequeño bar turístico pero muy familiar que hay prácticamente a la orilla del mar para tomarme un café mientras leía mi libro. Creo que ha sido la primera vez que he visto la marea tan alta allí, había olas muy grandes que chocaban contra el muro que separa al bar de la arena. Sin embargo hacía un día espléndido, luminoso y con una brisa de poniente que movía las sombrillas con cierta constancia. Ahí me quedé, en una mesa solo para mí, con un café con leche y un libro de ensayos que me tiene absorbida.

Una de las veces que levanté la mirada del papel y me quedé mirando cómo las olas se estampaban contra las barquitas de colores que meses antes, en invierno, había visto reparar por los marineros más típicos que te puedas imaginar, me dí cuenta de lo afortunada que soy. Afortunada por conocer ese pequeño gran lujo, el de estar en la orilla de un mar guerrero de color turquesa con arena dorada y un viento fresco azotándome en la cara...

Sólo podía pensar en una frase que leí de aquél libro de ensayos que decía que se puede escribir sobre cualquier cosa, incluso sobre el camino que hace una hormiga por una pequeña grieta en el suelo. Ese sitio, la Caleta... me hace olvidar cualquier pensamiento negativo y me llena la cabeza de buenas sensaciones y de palabras sueltas que deseo reunir para formar esto que escribo. Paco de Lucía, al que por cierto pude ver en directo hará unas dos semanas, le compuso una canción preciosa, y no me extraña... de este pequeño paraíso solo pueden salir cosas buenas.

Pedí la cuenta, pensé que me estaban queriendo decir algo apilando todas las sillas y mesas en un rincón, como si quisieran cerrar el bar para poder bajarse a la orilla a disfrutar del sol, como todos los demás. Así que me fui de allí para instalarme debajo del valneario, apoyada en una columna, con el mar de frente. Es curiosa la cantidad de escenas divertidas que puedes ver en un rato, solo observando: desde unos niños nadando hacia una barquita verde esperanza para poder subirse y tirarse al agua como si de una plataforma se tratase, un anciano calentando en la orilla antes de entrar a darse un baño, una niña pequeña jugando a "vestirse" con la funda de una almohada que le dio su madre (cosa que me hizo mucha gracia porque después descubrió que podía ponerse sus pequeños pantaloncitos en la cabeza como si fuera un sombrero y resultaba adorable), palomas buscando las migas de pan que dejan los que almuerzan allí, los maridos dormidos como troncos de las típicas gaditanas que hacen punto en la playa mientras se cuentan los cotilleos...

De pronto me suena el móvil, es una amiga de Cádiz, quería saber si saldríamos un día de estos allí todas las niñas juntas. Como daba la casualidad de que yo ya estaba allí, le respondí diciéndo dónde estaba y que se viniera a verme un rato antes de que él acabara el examen. Ella aceptó, así que la esperé sentada mientras observaba todo aquél panorama.

Finalmente acabamos, no sé cómo, sentados todos los compañeros de mi chico, él, mi amiga y yo en otro bar también en la Caleta celebrando haber conocido a dos de ellos que tenían que volver a su casa después de un curso como erasmus de Italia. Así que tras unos juegos de magia, unas copas y unas risas, les dijimos adiós.

Hemos vuelto los dos a mi casa, hemos cenado por fin a solas, él y yo... A pesar de estar muerta de cansancio he sentido la necesidad de escribir esto antes de que se me olvidara todo...

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